Fresco de la Villa dei Misteri de Pompeya, escena con mujeres en rito

Ser mujer en Grecia y Roma: la historia que casi nunca nos contaron

Cuando pensamos en la Antigua Roma o en la Grecia clásica, es fácil que nos vengan a la cabeza los nombres de siempre: Julio César, Augusto, Pompeyo, Pericles, Alejandro Magno… Grandes personajes, guerras, conquistas y discursos políticos que cambiaron el rumbo de la historia.

A mí también me pasa. Al final, buena parte de Ecos del Imperium ha girado alrededor de esos personajes y de esos acontecimientos. Pero existe un problema evidente: si contamos la Antigüedad únicamente desde los palacios, los campos de batalla o el Senado, dejamos fuera a una parte enorme de la población.

Por eso quería que el episodio número 50 del podcast fuese un poco diferente.

Para celebrar esta cifra tan especial, salgo por primera vez de la habitación en la que suelo grabar, con Tango y Floky colándose y ladrando de vez en cuando, y me reúno presencialmente con dos amigas que ya han pasado anteriormente por Ecos del Imperium: las historiadoras y divulgadoras Rebeca Arranz y Sandra Parente.

La intención no era hacer una lista de mujeres célebres. No queríamos hablar únicamente de Livia, Julia, Fulvia, Safo o Aspasia de Mileto, por fascinantes que sean todas ellas. Queríamos hacernos una pregunta mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más complicada de responder:

¿Qué significaba realmente ser mujer en Grecia y Roma?

Una historia escrita casi siempre por hombres

El primer problema aparece muy pronto. La inmensa mayoría de las fuentes literarias que conservamos de la Antigüedad fueron escritas por hombres, generalmente pertenecientes a las élites y preocupados por los asuntos que ellos consideraban importantes: la política, la guerra, la filosofía o las grandes decisiones públicas.

Las mujeres aparecen muchas veces como esposas, madres, hijas o amantes de un personaje masculino. En otras ocasiones, directamente no aparecen. Y cuando lo hacen, a menudo quedan reducidas a dos extremos casi caricaturescos: la mujer virtuosa, entregada a su marido y a sus hijos, o la mujer peligrosa que ha incumplido el modelo moral que la sociedad esperaba de ella.

Pero esto no significa que las mujeres no estuvieran ahí.

Estaban en todas partes. Trabajaban, criaban a sus hijos, administraban sus casas, participaban en ceremonias religiosas, mantenían relaciones personales, tomaban decisiones y transmitían conocimientos.

Simplemente, tenemos que aprender a buscarlas en lugares diferentes.

La arqueología, la epigrafía y la iconografía permiten completar algunos de esos silencios. Aunque tampoco debemos olvidar que los objetos no hablan por sí solos: somos nosotros quienes los interpretamos y, muchas veces, proyectamos nuestros propios prejuicios sobre ellos.

La pulsera de Pompeya que engañó a todo el mundo

Uno de los ejemplos más llamativos aparece en Pompeya.

Durante años, se interpretó que un adulto hallado con un brazalete de oro y un niño sobre su regazo debía de ser una mujer, probablemente la madre del pequeño. La escena parecía encajar perfectamente con una imagen familiar reconocible y casi cinematográfica.

Sin embargo, un estudio genético publicado en 2024 reveló que ese adulto era un hombre. El análisis también puso en cuestión algunas de las relaciones familiares que se habían dado por supuestas durante décadas entre varias de las víctimas de Pompeya.

¿Por qué se había asumido que era una mujer? Porque llevaba una joya y sostenía a un niño.

Este caso resume muy bien una idea que atraviesa toda la conversación con Rebeca y Sandra: incluso cuando creemos que estamos observando el pasado directamente, seguimos mirándolo con nuestros propios ojos.

Una tumba con armas se interpreta inmediatamente como la tumba de un hombre. Un esqueleto acompañado por joyas se convierte casi automáticamente en una mujer.

La arqueología puede desmontar muchos tópicos, pero antes debemos aprender a reconocerlos.

Atenas, Esparta y Roma: no existía una única forma de ser mujer

Hablar de «las mujeres griegas» como si todas hubieran vivido exactamente de la misma manera sería un error. El mundo griego estaba formado por ciudades con normas, costumbres y realidades muy diferentes.

En Atenas, las mujeres quedaban fuera de la vida política directa. No podían participar en la asamblea, ocupar magistraturas o intervenir públicamente en igualdad de condiciones con los ciudadanos varones. Su vida estaba mucho más vinculada al ámbito doméstico y familiar.

Esparta, en cambio, era percibida como una especie de anomalía por buena parte de los autores antiguos. Las mujeres espartanas podían tener una presencia pública mayor, ejercitarse físicamente y heredar, poseer o administrar propiedades.

Algunas llegaron a acumular un patrimonio muy importante dentro de una sociedad en la que la tierra tenía un valor central.

Esto no significa que Esparta fuese un paraíso de igualdad perdido en mitad de la Antigüedad. Las mujeres seguían sin participar en las asambleas ni acceder directamente al poder político. Su papel continuaba muy relacionado con la maternidad y con la necesidad de proporcionar nuevos ciudadanos y guerreros al Estado.

Pero para un ateniense acostumbrado a otro modelo social, ver a una mujer practicando ejercicio, interviniendo en espacios comunes o administrando tierras debía de parecer casi un fallo en la Matrix…

El matrimonio no tenía demasiado que ver con el amor

En buena parte del mundo antiguo, especialmente entre las élites, el matrimonio no se entendía como la culminación de una historia romántica.

Era un acuerdo entre familias, una herramienta política y una forma de asegurar el patrimonio y la descendencia.

Muchas jóvenes se casaban muy pronto, en ocasiones con doce o trece años, y pasaban de estar bajo la tutela de su padre a depender de su marido. En Roma, la evolución de las formas matrimoniales permitió que algunas mujeres mantuvieran una mayor autonomía patrimonial, especialmente a partir de los últimos siglos de la República.

También existía el divorcio. Y no era algo necesariamente excepcional, al menos entre determinadas familias romanas.

El propio Augusto, presentado tantas veces como el gran defensor de la moral tradicional y del mos maiorum, recurrió repetidamente a matrimonios y separaciones dentro de su propia familia cuando la política lo exigía.

Una cosa era el ideal que se proclamaba en público y otra muy distinta la vida real.

El parto: la batalla cotidiana de las mujeres

Hay un aspecto que solemos olvidar cuando hablamos de las grandes familias de Roma: el embarazo y el parto podían resultar extremadamente peligrosos.

La maternidad no era únicamente una expectativa social. También implicaba un riesgo físico considerable. En una época sin los conocimientos médicos actuales, cualquier complicación podía acabar con la vida de la madre, del recién nacido o de ambos.

Uno de los casos más conocidos es el de Julia, la hija de Julio César y esposa de Pompeyo. Su matrimonio había servido para reforzar la alianza política entre dos de los hombres más poderosos de Roma. Julia murió durante el parto en el año 54 a. C. y su hijo tampoco sobrevivió. Su desaparición no provocó por sí sola la guerra civil, evidentemente, pero eliminó uno de los vínculos personales más importantes que todavía unían a César y Pompeyo.

La historia política suele detenerse en las consecuencias: la ruptura de alianzas, las maniobras del Senado, el cruce del Rubicón o las legiones enfrentándose en Farsalia. Pero detrás de todo aquello también encontramos el cuerpo de una mujer que murió al dar a luz.

A veces, para entender realmente la historia, debemos mirar hacia lugares que los relatos tradicionales han dejado en segundo plano.

El cuerpo femenino como un territorio desconocido

La medicina antigua intentó explicar el cuerpo femenino desde ideas que hoy pueden parecernos completamente disparatadas.

Algunos tratados vinculados con la tradición hipocrática atribuían determinados síntomas a los desplazamientos de un útero inquieto que podía moverse por el interior del cuerpo.

Es la famosa teoría del «útero errante». La palabra histeria está relacionada etimológicamente con el término griego utilizado para referirse al útero, aunque conviene matizar que el sustantivo como tal no aparece en los propios textos hipocráticos.

Lo interesante no es únicamente comprobar cuánto ha avanzado la medicina. También resulta llamativo observar hasta qué punto muchas de aquellas ideas continuaron influyendo durante siglos en la percepción social de las mujeres.

En la conversación, Sandra recuerda algunas creencias que todavía circulaban en entornos rurales hace apenas unas décadas: que una mujer con la menstruación podía estropear determinados alimentos o que no debía participar en ciertas tareas.

Puede parecer una anécdota pequeña, pero demuestra que la historia no siempre está tan lejos como creemos.

A veces nos damos la vuelta y todavía sigue caminando justo detrás de nosotros.

Adulterio, moral y una doble vara de medir

La desigualdad también resulta evidente cuando hablamos de sexualidad.

En Roma, una relación extramatrimonial no se juzgaba de la misma forma cuando la mantenía un hombre que cuando la mantenía una mujer.

La preocupación fundamental giraba alrededor de la descendencia legítima y de la continuidad familiar. Había que asegurarse de que los hijos pertenecían realmente al linaje que heredaría el patrimonio y el prestigio de la familia.

Con Augusto, el adulterio dejó de pertenecer exclusivamente al ámbito privado y pasó a convertirse en una cuestión sometida a la intervención pública mediante la lex Iulia de adulteriis coercendis, aprobada hacia el año 18 a. C. La legislación afectaba especialmente a las relaciones sexuales mantenidas con mujeres casadas y reflejaba una doble moral muy marcada entre hombres y mujeres.

Y aquí vuelve a aparecer una contradicción muy romana: la distancia entre la moral pública y la realidad cotidiana.

La literatura, los grafitis de Pompeya y otras fuentes nos muestran una sociedad mucho más compleja, con deseos, relaciones y comportamientos que no siempre encajaban con el ideal que se proclamaba desde arriba.

También existieron relaciones afectivas y sexuales entre mujeres, aunque rastrearlas resulta especialmente difícil porque durante siglos muchas evidencias se interpretaron automáticamente como simples amistades.

Dos mujeres enterradas juntas eran amigas. Dos mujeres representadas cogidas de la mano eran amigas. Siempre amigas…

Hasta que uno empieza a preguntarse si, en algunas ocasiones, la explicación más sencilla no será precisamente la más evidente.

Una conversación que todavía no ha terminado

Esta charla con Rebeca Arranz y Sandra Parente es solamente la primera parte.

Hablamos de las fuentes, de los prejuicios con los que interpretamos el pasado, de Atenas, Esparta y Roma, del matrimonio, del divorcio, de la maternidad, del parto, del cuerpo femenino, del adulterio y del deseo.

Y justo cuando comenzábamos a adentrarnos en uno de los temas más duros, la vida de las mujeres esclavizadas y la prostitución en el mundo antiguo, nos quedamos sin batería…

Así que tendremos que volver a reunirnos, esta vez a través de internet, para continuar exactamente desde ese punto.

Mientras tanto, podéis ver la primera parte completa en YouTube. Buscad un rato tranquilo, preparad algo fresquito para beber y acompañadnos en este viaje hacia una parte de la Antigüedad que demasiadas veces ha quedado escondida detrás de los grandes nombres de siempre.

Y, si os interesa seguir recibiendo historias sobre Roma, Grecia y el mundo antiguo directamente en vuestro correo, podéis uniros a la Legión de Ecos del Imperium.

Un abrazo,
Enrique

P. D. La batería decidió terminar el episodio justo cuando la conversación se estaba poniendo especialmente interesante. Podríamos decir que fue un accidente técnico… o el cliffhanger menos preparado de la historia del podcast.

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