Había algo casi cómico en la situación. El hombre al que Marco Antonio encargó reconquistar Asia y detener a los partos era un liberto que en su juventud había participado en un desfile triunfal como prisionero de guerra.
Un tipo que se había ganado la vida vendiendo mulas. Y sin embargo iba a dar la mayor lección táctica de toda la guerra pártica.
Publio Ventidio Baso procedía de Asculum, en el Piceno. Sus orígenes eran tan oscuros que ni siquiera las fuentes antiguas se ponen de acuerdo: hijo de un caudillo de la Guerra Social, descendiente de una familia importante de Auximum, liberto de nacimiento…
Lo que sí sabemos es que de niño fue testigo de cómo Pompeyo Estrabón arrasó su ciudad natal, que lo seleccionaron entre los pocos supervivientes para llevarlo a Roma como trofeo, y que una vez celebrado el triunfo pasó a ser esclavo.
Cicerón lo pone a trabajar en la panadería del ejército. Cuando creció se enroló como soldado raso, se licenció, obtuvo la ciudadanía y montó un negocio de cría y venta de mulas.
Sus mejores clientes eran los ejércitos de Roma.

A través de ese negocio conoció a César, que supo ver en él algo que los nobles romanos eran incapaces de ver: un hombre competente, leal y trabajador.
César prefería siempre eso a un insoportable miembro de la nobleza convencido de que sus antepasados ilustres le eximían de tener que demostrar nada.
Con César no llegó a mandar un ejército: le dieron labores de intendencia, que desempeñó con la misma dedicación de siempre. Pero el dictador lo nombró tribuno de la plebe para el 46 a.C., convirtiéndolo en uno de los primeros libertos que pisaban el Senado. Tenía previsto hacerlo pretor al año siguiente. Luego lo mataron en los Idus de marzo y esos planes se fueron al traste.
Ventidio entonces apostó por Marco Antonio, que tampoco tenía problemas en tratar con cualquiera sin importar sus orígenes. El triunviro consiguió que el Senado convalidara los actos de César, Ventidio fue pretor al año siguiente y marchó al Piceno.
Y cuando Marco Antonio fue derrotado en Mutina, el viejo mulero no esperó órdenes: reclutó por su cuenta tres legiones entre los veteranos de Pompeyo el Grande y se las llevó a Antonio antes de que este pactara con Lépido. Eso le dio a Antonio una posición negociadora mucho más fuerte.

Cuando se constituyó el Segundo Triunvirato, Ventidio se convirtió en el primer liberto que llegaba al consulado. En el mismo año en que había sido pretor. Y ahora, con más de cincuenta años, le llegaba por fin lo que siempre había querido: el mando de una guerra sin que nadie le pudiera discutir la autoridad.
El hombre al que nadie esperaba
Ventidio llegó a Asia desde Grecia en la primavera del 39 a.C. con una información valiosa: Labieno no contaba en ese momento con sus aliados partos.
Llevaba meses sitiando ciudades que le ofrecían resistencia y combatiendo el bandolerismo. Para eso no necesitaba caballería pártica, así que la había despedido.
El factor sorpresa era su única ventaja real y Ventidio lo sabía. Nada más desembarcar lanzó el ataque. El resultado fue el que esperaba: Labieno, que no contaba con que apareciera de la nada un ejército romano, cedió al pánico y se retiró hacia Siria para reunirse con sus aliados.

La precipitada retirada de Labieno supuso perder de golpe todas las conquistas del año anterior.
Las guarniciones que había dejado en las ciudades, al verse abandonadas por su general, no opusieron demasiada resistencia. Las ciudades que en su momento lo habían recibido como liberador tenían muy fresco el recuerdo del tirano que resultó ser: sus templos saqueados, sus habitantes maltratados. Preferían a los romanos como mal menor.
Ventidio persiguió al autoproclamado Parthicus Imperator por toda la Anatolia hasta darle alcance en las puertas de Cilicia, donde el terreno llano se encontraba con la cordillera del Tauro.
Ninguno de los dos quiso atacar: Ventidio esperaba a sus legiones, Labieno esperaba a los partos. El romano acampó en las tierras altas del monte Capro; el traidor, en el llano.
La trampa del monte Capro
Cuando llegaron los refuerzos de ambas partes, el ejército parto se presentó antes de que la mayor parte de las legiones de Ventidio hubieran llegado. El romano contaba con pocos hombres. Eso, decidió, era una ventaja.
Había algo que los ejércitos asiáticos habían demostrado reiteradamente a lo largo de la Historia: eran incapaces de entender que la superioridad numérica no es determinante en todo tipo de terreno.
Surena frente a Craso había sido la excepción, pero el hecho de que Orodes lo ejecutara poco después sugería que los generales partos más capaces no solían durar mucho con la cabeza sobre los hombros.
Ventidio apostó por que el sátrapa Farnapates cometería el mismo error de siempre.
La inmovilidad de las tropas romanas, reunidas en formación cerrada que daba la imagen de una actitud puramente defensiva, hizo exactamente el efecto que Ventidio buscaba.
Los partos interpretaron que los romanos no se atrevían a presentar batalla por miedo. El mismo día de su llegada, sin esperar a las tropas de Labieno ni escuchar lo que este tuviera que decir, lanzaron la carga cuesta arriba.

Ventidio esperó a que llegaran a una distancia desde la que ya no pudieran emprender la retirada. Entonces dio la señal. El ímpetu con el que los partos habían lanzado el ataque se volvió contra ellos mismos: siendo un ejército tan numeroso atacando a gran velocidad, era imposible improvisar ninguna maniobra que no hubieran previsto de antemano.
Los que venían desde atrás chocaban con los que eran frenados por los legionarios. Una carnicería. Los pocos jinetes que escaparon se retiraron hacia Cilicia presos del pánico en vez de reagruparse con Labieno.
Ventidio persiguió a los fugitivos hasta el campamento enemigo, donde encontró a Quinto Labieno al frente de su ejército en formación de batalla.
Ninguno de los dos atacó. Labieno sabía que sus hombres tenían la moral por los suelos. Ventidio sabía que podía ganar sin arriesgarse a bajas innecesarias. Esperó.
El ejército de Labieno se retiró durante la noche. El viejo mulero ya había preparado las emboscadas. Gran parte de los soldados cayeron en ellas.
Labieno huyó disfrazado hacia el interior de Cilicia abandonando a sus hombres, que se rindieron. Demetrio, un liberto de César que Marco Antonio tenía destinado en Chipre, lo buscó por su cuenta al enterarse de que andaba fugitivo, lo encontró y lo mató para cobrar la recompensa.
Quedaba Farnapates, hecho fuerte en el monte Ámano bloqueando el paso hacia Siria mientras esperaba refuerzos de Pacoro.
Asediarlo hubiera sido largo y complicado. Ventidio ideó otra trampa: envió a su legado Silón con la caballería para provocar al sátrapa a salir de la fortaleza. Farnapates picó el anzuelo. Cuando sus tropas perseguían a la caballería romana en retirada, Ventidio cayó sobre ellos con dieciocho cohortes apostadas en emboscada.
Farnapates murió en el combate junto con la mayor parte de su ejército. La fortaleza cayó sin resistencia.
En unos meses, Ventidio había recuperado para Roma todo lo que Labieno y los partos le habían arrebatado. El reconocimiento público de sus victorias sería para Marco Antonio. Así funcionaba aquello.
Masada resiste, Herodes vuelve

Mientras Ventidio reconquistaba Asia Menor, en Judea la situación seguía estancada.
Antígono llevaba meses sitiando Masada, donde resistían José y los familiares de Herodes.
La fortaleza era prácticamente inexpugnable: una peña aislada en medio del desierto, al margen occidental del Mar Muerto, con grandes cisternas que aprovechaban el agua de lluvia. El problema era que Judea llevaba años de sequía y las cisternas estaban casi vacías.
José ya tenía preparado un plan de fuga para ir a buscar refuerzos cuando cayó una lluvia copiosa que llenó las cisternas de golpe. Los sitiados lo interpretaron como un milagro.
Con la moral alta, José organizó numerosos combates contra los sitiadores. La situación se mantuvo en tablas durante meses, hasta que llegó la noticia de que Ventidio avanzaba hacia Judea desde el norte.
Antígono vio cómo los partos no podían enviar refuerzos hasta el año siguiente. Necesitaba ganar tiempo.
Ventidio lo aprovechó. Se presentó ante Jerusalén fingiendo que venía a liberar a la familia de Herodes y esperó a que Antígono le mandara una generosa suma para ponerse de su lado. Cogió el dinero, dejó a Silón con cinco cohortes de guarnición y se marchó a hacer lo mismo con los Nabateos y con todos los que habían colaborado con los partos. El negocio le salió redondo.
Herodes desembarcó en Ptolemaida poco después, con un ejército de mercenarios y la orden de Marco Antonio de que Ventidio lo ayudara a hacerse con el trono. Ventidio no tenía tropas disponibles. Silón estaba sobornado. Herodes tuvo que apañarse solo.
Tomó Jope para no dejar una plaza enemiga a sus espaldas. Avanzó hacia Masada sorteando emboscadas. Liberó a su familia, puso en fuga a los sitiadores y marchó hacia Jerusalén al frente de un ejército que crecía cada día: unos por lealtad a su padre Antípatro, otros por el carisma del propio Herodes, otros simplemente porque veían que iba a ganar.
Ante las murallas de Jerusalén intentó algo que habría ahorrado mucho derramamiento de sangre: envió un heraldo a proclamar amnistía general. Los partidarios de Antígono le respondieron a gritos que un idumeo no podía ser rey de los judíos. Los gritos derivaron en insultos. Antígono ordenó disparar a los arqueros. El heraldo se retiró.
El invierno llegó con la situación bloqueada. Silón volvió a ser sobornado y esta vez incitó a sus soldados a reclamar pagas y alojamiento mejor.
Herodes convenció a los oficiales romanos recordándoles que era aliado de Roma por decisión de los triunviros y del Senado, organizó el acopio de provisiones ese mismo día y resolvió el problema en unas horas. Luego llevó a Silón y sus tropas a los territorios de Idumea, Galilea y Samaría, donde no causarían demasiado daño durante el invierno.
Posiblemente no los detestara menos que los demás judíos, pero sabía que los necesitaba para ganar.
Marco Antonio en Atenas
Mientras todo eso ocurría en Asia, Marco Antonio pasaba el invierno en Atenas con Octavia.
La ciudad lo quería: volvió a participar en los festivales, en las charlas públicas de los filósofos, en la vida cotidiana como uno más. Lejos de Alejandría y de Cleopatra, vestido de ciudadano privado, parecía el esposo que Octavia se merecía.
Cuando llegaron las noticias de las victorias de Ventidio, las celebró con un banquete público para los griegos y combates para los atenienses.
El viejo mulero había hecho en meses lo que Roma llevaba año y medio sin poder lograr. No dejaba de ser irónico: el hombre de orígenes más humildes de toda la cadena de mando resultó ser el más capaz.

Cuando pasó el invierno Antonio volvió a vestir como general romano.
Las insignias militares aparecieron en la puerta de su casa, los oficiales iban y venían, empezaron los preparativos para la gran guerra contra los partos.
Necesitaba dinero: se lo sacó a los reyes que había ido colocando en la zona, a las ciudades griegas, a todos. Dion Casio lo pinta como un abuso sistemático; otras fuentes hablan de una actitud bastante más benevolente de lo habitual para un gobernador romano de la época.
Lo que parece indudable es que esta vez no hubo favoritismos: los intereses de Roma por delante de los amiguismos.
Al otro lado del Eúfrates, Pacoro preparaba la respuesta pártica. Lo que Ventidio había conseguido en un año podía deshacerse en una sola campaña si los partos volvían con fuerzas renovadas. Y eso, exactamente, era lo que estaban a punto de hacer.
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