Alrededor del año 513 a.C., el Gran Rey de Persia Darío I reunió el ejército más grande que jamás había cruzado el Bósforo y lo lanzó hacia el norte, hacia las estepas de lo que hoy es Ucrania.
Su objetivo: someter a los escitas.
Lo que siguió es una de las campañas militares más extraordinarias de la Antigüedad, y también una de las menos conocidas. No porque terminara en derrota, aunque casi. Sino porque el plan de los escitas para resistir al mayor Imperio del mundo fue tan brillante y tan radicalmente distinto a cualquier cosa que se hubiera visto antes que cuesta encajarlo en la categoría habitual de «guerra entre pueblos nómadas y potencias sedentarias.»
No se parece a nada. Y eso, de entrada, ya lo hace interesante.
El Imperio que quiso conquistar las estepas
Darío gobernaba el Imperio más extenso que el mundo había conocido hasta entonces. Desde el Indo hasta el Egeo, desde Egipto hasta el Caspio. Y sin embargo decidió que necesitaba someter a los escitas, un pueblo de jinetes nómadas que vivía en las inmensas llanuras al norte del mar Negro.
Por qué es una pregunta que todavía hoy no tiene una respuesta satisfactoria. Los escitas no eran una amenaza directa para el núcleo del Imperio. Sus tierras estaban en la periferia extrema, más allá de cualquier zona de influencia persa real.
Quizás Darío quería asegurar el flanco norte antes de atacar Grecia. Quizás era pura propaganda imperial, el gesto de un rey que necesitaba batir al adversario más famoso por su indomabilidad. Quizás esperaba circunvalar el Ponto y regresar a casa por el Cáucaso con un mapa completamente nuevo del mundo conocido.
Lo que sí sabemos es que se preparó en serio. El ejército persa que cruzó el Istro, el actual Danubio, era impresionante: perfectamente abastecido, con suministros para 60 días, con una flota que cubría la costa mientras la infantería y la caballería avanzaban tierra adentro. Los jonios levantaron un puente sobre el Istro y se quedaron a guardarlo. El plazo era claro: pasados 60 días, si Darío no había vuelto, destruirían el puente.

La alianza escita
Los escitas llevaban tiempo sabiendo que Darío venía. Y en lugar de esperar a que los persas cruzaran el Danubio para entonces decidir qué hacer, convocaron una asamblea de todas las naciones del área.
El argumento de los escitas era sencillo y contundente: si Darío nos derrota a nosotros solos, después os derrota a vosotros uno por uno. Si nos ayudáis ahora, juntos podemos detenerle. Si no nos ayudáis, nadie podrá después.
El resultado fue una alianza parcial. Los escitas, los sármatas, los budinos y los gelonos formaron coalición. Los tauros, los andrófagos, los neuros y los agatirsios dijeron que gracias, que la guerra era cosa de los escitas y que ellos no tenían ninguna querella con Darío.
Los escitas tomaron nota.
El plan que nadie había visto antes
Los escitas y sus aliados dividieron sus fuerzas en tres ejércitos.
El primero, bajo Escopasis y compuesto principalmente por sármatas y escitas, tenía una misión específica: ir delante de los persas destruyendo todo lo que pudiera serles útil. Pastos quemados. Cosechas arrasadas. Pozos cegados. Tierra quemada en su sentido más literal. Y al mismo tiempo, atraer a los persas hacia el interior de la estepa, alejándolos del Istro.
El segundo ejército, bajo Idantirso, y el tercero, bajo Taxacis, con el apoyo de budinos y gelonos, se situarían siempre justo un día por delante del grueso persa. Ni demasiado cerca para que los persas pudieran atacarles, ni demasiado lejos para que los perdieran de vista y se detuvieran.
La estrategia tenía un objetivo adicional brillante: llevar a los persas hacia los territorios de las naciones que se habían negado a unirse a la alianza. Los persas, sin distinguir aliados de neutrales, los devastarían. Y esos neutrales no tendrían más remedio que unirse a la resistencia o huir hacia el norte.
Era una estrategia diseñada para combatir sin combatir. Para usar el tiempo, el espacio y la propia capacidad destructiva del enemigo como armas.
Al otro lado del Tanais
Los persas cruzaron el Istro y encontraron a los escitas de Escopasis a tres días de marcha. Comenzó entonces la persecución. Los escitas retrocedían con orden, destruyendo todo a su paso. Los persas avanzaban sin poder alcanzarlos, viendo cómo el paisaje que dejaban atrás se convertía en una tierra yerma sin forraje, sin agua, sin recursos.
Diez días de marcha hasta el Borístenes, el actual Dniéper. Diez días más hasta el Meotis, el mar de Azov. Tres días más hasta el Tanais, el actual Don. Los escitas cruzaron el río. Los persas los siguieron al otro lado.
Ahora estaban en territorio sármata. Más allá se abrían las interminables estepas hacia el noreste, hacia lo que hoy es Rusia. Darío llegó tan lejos que, según Heródoto, los escitas que iban delante de él entraron en tierra de los budinos, mucho más al norte de lo que cualquier ejército mediterráneo había llegado jamás.
En algún punto de aquella inmensidad, los escitas desaparecieron hacia el norte. Y Darío se encontró solo en la estepa, rodeado de nada, sin enemigo a la vista, habiendo consumido ya la mayor parte de sus suministros de 60 días.
La liebre
Los escitas, de vuelta hacia el sur, empezaron a hostigar a los forrajeadores persas. No atacaban el grueso del ejército, donde la infantería protegía a los jinetes. Solo a los que se alejaban a buscar comida y agua. El campo fue pasando poco a poco a dominio escita.
Y cuando veían que los persas empezaban a desesperarse demasiado, les dejaban capturar algo de ganado, lo justo para que no perdieran la esperanza y siguieran allí, consumiendo los días que faltaban para que el plazo de los jonios en el Istro venciera.
Darío, harto, mandó un mensaje al rey escita Idantirso: o peleamos o te rindes. La respuesta de Idantirso es una joya de la literatura antigua: los escitas no huyen de nadie por miedo, simplemente no tienen ciudades que defender ni tierras que perder. Cuando llegue el momento, ya sabrás que podemos luchar.
Los dos ejércitos se desplegaron al fin para la batalla. Y entonces, en las filas escitas, apareció una liebre.
Varios guerreros la vieron y se lanzaron a perseguirla. Otros les siguieron. En un momento, parte del ejército escita que estaba formado para el combate se había dispersado alegremente corriendo detrás de un animalillo, entre risas y gritos.
Darío preguntó qué estaba pasando. Cuando se lo explicaron, comprendió. Un ejército que, formado para la batalla contra el mayor Imperio del mundo, se distrae cazando una liebre, es un ejército que no tiene ningún miedo. Un ejército que no tiene ningún miedo es un ejército que sabe algo que tú no sabes.
Darío ordenó la retirada.
La carrera hacia el Istro
Esa noche, los persas levantaron el campamento en silencio. Dejaron atrás a los enfermos, a los heridos, a los animales de carga, todo lo que ralentizara la marcha. Dejaron encendidas las hogueras para que los escitas no notaran que se habían ido.
A la mañana siguiente, cuando los escitas vieron el truco, comenzó la persecución. Los escitas, que conocían el terreno, tomaron un atajo y llegaron al Istro antes que los propios persas. Encontraron a los jonios con el puente intacto y les dijeron: destruidlo ya, el plazo ha vencido.
Los jonios les prometieron que lo harían. Los escitas, satisfechos, se retiraron a buscar a los persas por otro camino.
Los jonios no destruyeron el puente. Desmontaron solo el tramo final que tocaba con el territorio escita, para que pareciera que habían cumplido, pero mantuvieron el resto intacto.
El debate entre los jefes jonios había sido intenso: Milcíades, el ateniense, quería destruirlo de verdad y dejar a Darío atrapado en las estepas. Histieo de Mileto se opuso con un argumento práctico e innoble: todos ellos eran tiranos que debían su poder a la protección persa. Sin Darío, sus propios ciudadanos los derrocarían.
La lealtad al Gran Rey era, en realidad, lealtad a sus propios intereses.
Venció Histieo. Los persas cruzaron el puente. El último hombre cruzó y el puente fue destruido detrás de él.
Lo que dejó la campaña
Darío no se fue a casa con las manos vacías, al menos en términos de propaganda. Dejó en Tracia a su mejor general, Megabazos, con 80.000 hombres, que iniciaron la conquista sistemática del litoral norte del Egeo. Fue el primer paso de la presencia persa en Europa, la semilla de lo que diez años después serían las Guerras Médicas, Maratón, las Termópilas y Salamina.
Los escitas, por su parte, habían ganado algo que no era fácil ganar: habían derrotado al Imperio más poderoso del mundo sin librar una sola batalla decisiva.
Su estrategia de tierra quemada, de guerra de desgaste, de usar el tiempo y el espacio como armas, no tenía precedentes conocidos a esa escala. Cuando siglos después los mongoles, los partos o los persas sasánidas emplearon tácticas similares, lo hicieron contra ejércitos mucho menores y en territorios mucho menos vastos.
Y el detalle de la liebre. Esa imagen de guerreros formados para la batalla corriendo detrás de un animal mientras el rey de Persia los miraba desde el otro lado del campo y decidía que ya había tenido suficiente.
Heródoto lo cuenta sin ningún comentario adicional, como si no necesitara explicación. Yo tampoco voy a añadir ninguno.


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