Un emperador romano, de rodillas.
Está grabado en la roca, en Naqsh-e Rostam, cerca de Persépolis, en el actual Irán. Un rey persa a caballo, enorme, y delante un romano con las manos levantadas.
Es el emperador Valeriano, capturado en el año 260. Ningún emperador romano había caído nunca vivo en manos del enemigo.
Ese rey a caballo es Sapor I. Y su dinastía, la sasánida, fue durante cuatro siglos la gran pesadilla de Roma.

De los partos a los sasánidas
Te pongo un poco en contexto. Durante casi cinco siglos, el gran rival de Roma en Oriente habían sido los partos, los de Carrhae y Craso (de eso ya hablamos largo y tendido en el blog).
Pero hacia el 224, un noble de la región de Persis, Ardashir, se rebeló contra el último rey parto, lo mató en batalla y fundó una nueva dinastía. La llamamos sasánida por un antepasado suyo, Sasán.
Los sasánidas se presentaban como herederos de los antiguos reyes persas, los de Ciro y Darío. Y eso era un mensaje directo para Roma: todo lo que había sido de Persia, hasta el Egeo, les pertenecía.
Sapor I y el emperador capturado
Su hijo Sapor I se lo tomó en serio. En una inscripción enorme en tres lenguas presume de haber derrotado a tres emperadores. Gordiano III murió en campaña contra él en el 244.
Filipo el Árabe tuvo que pagarle medio millón de denarios por la paz. Y en el 260, cerca de Edesa, Valeriano cayó prisionero con buena parte de su ejército.
¿Qué fue de Valeriano? Aquí las fuentes cristianas, que lo odiaban por haber perseguido a los cristianos, se recrearon. Lactancio cuenta que Sapor lo usaba como escabel para subir al caballo, y que al morir lo desollaron y colgaron su piel, teñida de rojo, en un templo. Probablemente es exagerado. Pero nunca volvió.
Los catafractos
¿Por qué eran tan peligrosos? Por su caballería pesada. Los catafractos: jinete y caballo cubiertos de malla y láminas de metal, con una lanza larguísima.
Los romanos los llamaban, medio en broma, clibanarii, «hornos», porque dentro de aquella armadura, bajo el sol de Mesopotamia, debían de cocerse.
Además eran buenos en algo que a los partos se les daba fatal: los asedios. Tomaron Antioquía, una de las grandes ciudades del Imperio, más de una vez.
Y en Dura Europos, en Siria, los arqueólogos encontraron un túnel donde se libró una batalla subterránea, con restos de soldados romanos que quizá murieron por gas tóxico. Probablemente la primera guerra química conocida.
Cuatro siglos de guerra
Lo que vino después fue un tira y afloja interminable. Juliano el Apóstata llegó hasta Ctesifonte, la capital sasánida, en el 363, y murió en la retirada.
Ya en época bizantina, Belisario tuvo que vérselas con ellos en Daras y Calinico (lo tienes también en el blog). Y Cosroes I, en el siglo VI, fue uno de los reyes más brillantes de la Antigüedad tardía.

La guerra que acabó con los dos
El final es casi una tragedia griega. Entre el 602 y el 628, Cosroes II y el emperador bizantino Heraclio libraron la guerra más larga y salvaje de todas.
Los persas llegaron a Egipto, a Jerusalén (se llevaron la Vera Cruz) y hasta las puertas de Constantinopla. Heraclio respondió con una contraofensiva increíble y llegó al corazón de Persia.
Al final, los dos imperios quedaron agotados, arruinados y desangrados. Y justo entonces, desde el desierto de Arabia, llegaron los ejércitos del islam. En pocos años, los sasánidas habían desaparecido.
El último rey, Yazdgerd III, murió asesinado en el 651, se dice que por un molinero que quería quedarse con su ropa.
No me quiero poner filosófico, pero a veces pienso que Roma y Persia pasaron cuatrocientos años preparándose para el enemigo equivocado.
¿Conocías la historia de Valeriano? Te leo en los comentarios.


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