Hay conspiraciones y hay conspiraciones.
Esta, la de Catilina, fue la que casi termina con la República romana antes de que Julio César tuviera oportunidad de hacerlo él solo. Y sin embargo, durante mucho tiempo, me pareció uno de esos episodios que solo interesan a los profesores de latín.
Me equivocaba. La cosa es que cuando empecé a tirar del hilo, me di cuenta de que la Conjuración de Catilina tiene todo lo que hace grande a la historia: traición, ambición, un orador genial y una pregunta que sigue sin tener respuesta clara. ¿Fue realmente una conjura peligrosa? ¿O fue Cicerón quien nos vendió una versión muy conveniente para él?
¿Quién era Catilina antes de convertirse en el malo de la película?
Lucio Sergio Catilina venía de familia patricia, de las de toda la vida en Roma. Había combatido en la guerra contra los aliados itálicos, había sobrevivido a las purgas de Sila, había sido gobernador en África. No era un marginal ni un lunático. Era un político que había intentado llegar al poder por las vías normales y había fallado.
Falló dos veces en las elecciones consulares. La primera en el año 65 a.C., la segunda en el 63. En aquella época, si querías poder en Roma, el consulado era lo que había. Y Catilina no lo conseguía.
Aquí me quedé yo pensando: ¿cuánta diferencia hay entre un político frustrado que acepta su derrota y uno que decide montar un golpe de estado? En Roma, al parecer, esa línea era bastante fina.
¿Qué quería Catilina realmente, más allá del poder?
Este es el punto interesante que la mayoría pasa por alto. Catilina no solo quería el consulado para pegar el salto. Tenía un programa político concreto que a mucha gente le convenía: cancelación de deudas, redistribución de tierras y más participación política para los que habían quedado fuera del sistema.

Oye, si lo lees así, suena casi a reformismo social. Y en parte lo era. Catilina atrajo a veteranos sin tierras, a deudores arruinados, a jóvenes de familia noble pero sin dinero. No eran todos criminales ni desesperados sin más.
El problema es que el método que eligió no fue precisamente una campaña de comunicación. La idea era matar a los cónsules, quemar parte de Roma y tomar el poder por la fuerza. Ahí ya se complica la defensa del personaje.
Cicerón entra en escena: ¿héroe o político que jugó sus cartas?
Marco Tulio Cicerón era cónsul en el año 63 a.C. Y fue él quien desbarató la conjura, quien denunció a Catilina en el Senado con aquellas famosas Catilinarias que los estudiantes de latín siguen traduciendo con sufrimiento hoy en día.
«¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?» Es una de las frases más famosas de la antigüedad. Y funciona porque Cicerón era, ante todo, un orador de otro nivel. Sabía exactamente cómo manipular una sala.
Pero hay que tener en cuenta algo: Cicerón era un hombre nuevo, sin familia noble, que había llegado al consulado por méritos propios. Desenmascarar una conspiración contra el Estado era exactamente el tipo de momento que necesitaba para afianzar su posición histórica. No digo que se lo inventara todo. Digo que le vino de perlas.
¿Cómo se descubrió la conspiración? La historia tiene sus ironías
La conjura se descubrió en parte por un error de los propios conspiradores. Varios de ellos intentaron reclutar a una tribu gala, los alóbroges, que andaban en Roma negociando sus propios problemas con el Senado. Los galos, en vez de sumarse al plan, lo denunciaron.
A partir de ahí, Cicerón tuvo cartas escritas de mano de los implicados. Pruebas físicas, vamos. Los conspiradores fueron detenidos en Roma mientras Catilina intentaba organizar un ejército en Etruria con los que le habían seguido.
La cosa es que en ese momento, la conjura ya estaba desarticulada antes de empezar. Catilina murió en batalla en enero del 62 a.C., en Pistoia, luchando con los pocos fieles que le quedaban.
La ejecución sin juicio: el escándalo que persiguió a Cicerón toda la vida
Aquí viene la parte que la mayoría de los resúmenes pasan por alto. Los conspiradores detenidos en Roma, incluido un tal Léntulo que era pretor en ese momento, fueron ejecutados sin juicio. Estrangulados en la cárcel Mamertina, bajo el Capitolio.

Cicerón consultó al Senado, que aprobó la medida. Pero ejecutar a ciudadanos romanos sin juicio era ilegal. La ley Sempronia lo prohibía expresamente. Y eso le costó a Cicerón el exilio años más tarde, cuando sus enemigos políticos encontraron el momento para pasarle factura.
Así que el gran héroe de la República, el salvador de Roma, terminó desterrado por lo mismo que le había dado su mayor gloria. La política romana era así de brutal.
¿Fue todo un montaje? La pregunta que los historiadores siguen debatiendo
Hay historiadores que piensan que Cicerón exageró la amenaza para sacar partido político. Que Catilina era un reformista radical, no un terrorista. Que las pruebas fueron presentadas de forma muy conveniente.
No lo sabremos con certeza. Lo que sí sabemos es que todas las fuentes que tenemos sobre la conjura vienen, directa o indirectamente, de Cicerón o de autores que dependían de su versión. Salustio escribió «La conjura de Catilina» décadas después. Es brillante como texto, pero no es neutral.
Te cuento esto porque me parece uno de los mejores ejemplos de algo que se repite en la historia: los vencedores escriben los libros. Y Catilina no ganó para contar la suya.
Lecturas recomendadas
Si quieres profundizar, estos son los libros que yo recomendaría:
- Rubicón de Tom Holland. El mejor libro de divulgación sobre la caída de la República romana. Catilina tiene un papel protagonista y muy bien contextualizado.
- SPQR: Una historia de la antigua Roma de Mary Beard. Contexto político y social imprescindible para entender por qué una conjura como la de Catilina era posible.
- Catilinarias de Cicerón. Para los valientes. Leer las propias palabras de Cicerón es otra experiencia completamente distinta.

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