El año 58 a.C. Julio César lleva menos de dos meses como gobernador de la Galia Cisalpina cuando le cae encima el primer problema serio…
Los helvecios, una tribu celta asentada en lo que hoy es Suiza, han decidido mudarse en masa al oeste. Doscientos cincuenta mil personas. Con sus bueyes, sus carros y sus propios dioses.

César no se lo piensa mucho. Si los helvecios cruzan el Ródano y se instalan en la Galia, el equilibrio de poder en la región va a cambiar y es posible que sea un problema más adelante. Y Roma no puede permitirse eso.
Bloquea el paso, los obliga a desviarse por el norte, y los sigue hasta derrotarlos en Bibracte.
Primer problema resuelto. Pero al resolver el primero, César se mete de lleno en el segundo.
Los galos piden ayuda a Roma
Después de la batalla de Bibracte, los jefes galos se acercan a César para darle las gracias. Y de paso, para contarle un problema que llevan años sufriendo sin saber cómo resolverlo.
Ariovisto.
El nombre no le resultará familiar a la mayoría, pero en la Galia del siglo I a.C. ese líder germano era un auténtico problema.
Ariovisto era el jefe de los suevos, una confederación de tribus germánicas del otro lado del Rin.
Unos años antes, los arverni y los secuanos lo habían invitado a cruzar el río para ayudarles a vencer al pueblo de los eduos, sus rivales de siempre. Ariovisto vino, ganó, y se quedó.
La batalla de Magetobriga había sido una carnicería. Los eduos quedaron destrozados. Pero lo peor no fue la derrota, sino lo que vino después: Ariovisto exigió un tercio de las mejores tierras de la región de los secuanos como pago por sus servicios. Luego pidió otro tercio. Y empezó a traer a más germanos al lado galo del Rin.

Los galos que se presentan ante César son los supervivientes de ese desastre.
Le dicen que si esto sigue así, en pocos años toda la Galia habrá cruzado el Rin de vuelta hacia el este y los germanos ocuparán sus tierras. Le piden que haga algo.
César escucha con mucha atención. Porque lo que le están ofreciendo es una excusa perfecta para intervenir.
El problema es que Ariovisto es amigo de Roma
Aquí es donde la situación se complica.
Ariovisto no era un bárbaro desconocido al que Roma pudiera ignorar. El año anterior, el Senado le había reconocido formalmente como «rey y amigo del pueblo romano«.
Título honorífico, sí, pero con carga política.
César, que había apoyado ese reconocimiento cuando era cónsul, ahora tiene que lidiar con las consecuencias. No puede declarar la guerra a Ariovisto sin una justificación. Necesita que Ariovisto haga algo que justifique el golpe.
Así que le manda una embajada. El mensaje es educado pero claro: Ariovisto tiene que dejar de oprimír a los aliados de Roma, tiene que devolver los rehenes que les ha quitado a los eduos, y tiene que comprometerse a no traer más germanos al otro lado del Rin.
La respuesta de Ariovisto es casi literalmente un corte de mangas. Que él conquistó la Galia con su espada y con su sangre, no con la de Roma. Que si los romanos tienen amigos en la Galia, él también tiene enemigos, y puede hacerles la vida muy difícil. Que si César quiere guerra, que venga a buscarla.

César tiene su casus belli.
La marcha hacia Vesontio y el pánico en el campamento
César mueve sus legiones hacia el norte. El objetivo inmediato es Vesontio, la ciudad más importante de los secuanos. La que hoy llamamos Besançon. Una ciudad bien protegida por un meandro del río Doubs, con una colina escarpada a su espalda. Si Ariovisto la toma antes que él, tendrá una base de operaciones inmejorable.
César hace una marcha forzada y llega primero. Hasta ahí, bien.
Pero entonces pasa algo que César no esperaba: sus propios soldados se mueren de miedo.
En Vesontio empiezan a circular historias sobre los germanos. Los mercaderes galos que han tratado con ellos los describen como gigantes de aspecto feroz, con una mirada tan intensa que los galos no podían sostenerla en combate. Hombres acostumbrados al frío y al hambre, que no conocen el miedo, que pelean como si les diera igual morir.
El rumor se extiende por el campamento como una enfermedad. Los tribunos, los prefectos, incluso algunos oficiales con experiencia empiezan a inventarse excusas para abandonar. Asuntos urgentes en Roma. Problemas familiares. Cualquier cosa antes que enfrentarse a esos bárbaros…

César convoca una asamblea. El discurso que pronuncia es un ejercicio magistral de presión psicológica: les recuerda que los cimbrios y los teutones, que también eran germanos, fueron destrozados por Mario.
Que los helvecíos, a los que acaban de derrotar, habían medido sus fuerzas con los suevos y salido mal parados, y aun así Roma los venció. Que si los demás tienen miedo, él marchará solo con la Décima Legión.
La mención de la Décima es deliberada. Era su legión de confianza, la que él había mandado desde Hispania. Y la apelación directa a su honor funciona: los de la Décima se ofenden y le mandan decir que están listos.
El resto del ejército, avergonzado, los sigue.
Las negociaciones fracasan (o eso dice César)
Ariovisto accede a una entrevista. Pero el encuentro está condenado desde el principio.
La escena es casi cómica en su tensión: ambos caudillos montados a caballo en una llanura, cada uno con su escolta, con la condición de que solo hablen los jefes y nadie más.

Ariovisto dice lo mismo que en su primera respuesta: que él conquistó la Galia antes de que los romanos pisaran el territorio, que los eduos son sus súbditos, no los aliados de Roma, y que si César quiere paz, que se vaya a casa.
César le responde con la lista de agravios: los rehenes, las tierras, la presión sobre los secuanos. Ariovisto no cede.
Entonces, según cuenta el propio César en su De Bello Gallico, los jinetes germanos empiezan a tirar piedras y flechas a los oficiales romanos. César decide cortar la negociación para no perder hombres. No quiere dar la impresión de que Ariovisto puede atacarle impunemente mientras hablaban bajo una especie de tregua tácita.
Dos días después, Ariovisto pide una segunda entrevista. César manda a dos de sus hombres de confianza. Ariovisto los detiene y los encadena.
Ahora sí: ya no hay ninguna posibilidad de diplomacia.
En la siguiente parte, veremos cómo se desarrolla la batalla del Vosges, el choque final entre las legiones de César y los guerreros suevos de Ariovisto.

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