César y Germania (II): La batalla del Vosges

Ariovisto tenía un problema con los romanos, y lo sabía.

Sus guerreros eran formidables en terreno abierto, sí, pero las legiones de César no eran los galos que había machacado en Magetobriga. Así que el jefe suevo decidió no jugársela en campo abierto hasta tenerlo todo de su lado.

El resultado fue una de las maniobras previas más interesantes de las Guerras Gálicas.

La guerra de desgaste

Tras romper las negociaciones, Ariovisto levantó su campamento y avanzó protegido por los bosques y colinas del entorno. No atacó. Dio la vuelta al campamento romano, lo rebasó y acampó a dos millas de su retaguardia.

La jugada era elegante: si controlaba la retaguardia de César, controlaba sus líneas de abastecimiento. Sin suministros, las legiones se mueren de hambre. No hace falta ganar ninguna batalla.

César respondió saliendo a ofrecer batalla. Cinco días seguidos. Cinco días en que los germanos no salieron a luchar. Solo enviaban la caballería a escaramucear, y la caballería sueva era notablemente superior a la romano-gala, así que esas escaramuzas tampoco eran nada agradables para los romanos.

Lanchester Roman Fort Longovicium and Vicus
En campaña, los romanos construían campamentos fortificados con trincheras y empalizadas. César tuvo que levantar un segundo campamento para recuperar el control de sus líneas de abastecimiento.

Al final, César se vio obligado a construir un segundo campamento más cerca de sus líneas de suministro.

Operación delicada, porque cualquier momento de vulnerabilidad era una invitación al ataque. Y en efecto, Ariovisto mandó a sus fuerzas ligeras, unos 16.000 hombres apoyados por caballería, a hostigar la construcción.

César los contuvo con cuatro legiones en línea mientras las otras dos trabajaban. El ataque no fue a más: los germanos molestaron, pero no detuvieron nada.

César dejó dos legiones en el nuevo campamento para proteger el abastecimiento y volvió al anterior con las otras cuatro.

Los auspicios y el farol de César

Al día siguiente, Ariovisto atacó el campamento menor con mucho brío. Las dos legiones aguantaron durante horas sin que los germanos pudieran cruzar las trincheras. Hubo bajas de ambos lados, pero el perímetro se mantuvo.

César estaba desconcertado. ¿Por qué Ariovisto se negaba sistemáticamente a una batalla campal cuando sus fuerzas eran numéricamente superiores?

La respuesta llegó a través de unos prisioneros: los auspicios. Las mujeres germanas que acompañaban al ejército, expertas en interpretar señales del destino, habían dictaminado que los guerreros no debían combatir en batalla abierta hasta la luna nueva.

Ariovisto, hombre práctico pero no exento de fe en sus tradiciones, esperaba.

César decidió aprovechar la información. Si Ariovisto esperaba la luna nueva, él forzaría el combate antes. Al día siguiente avanzó con sus legiones en tres columnas directamente hacia el campamento germano.

El cálculo era correcto: ver tu propio campamento amenazado obliga a salir, aunque los auspicios no acompañen. Ariovisto salió.

El despliegue

El ejército germano era una coalición de tribus suevas: harudes, marcomanos, tribocos, vangiones, nemetes, sedusios y los propios suevos.

Unos 60.000 guerreros. Más una masa de no combatientes de 120.000 almas, familias enteras que seguían al ejército y que, según la costumbre germana, se colocaban a la vista de los hombres para animarlos durante el combate. Madres, esposas e hijos como público y reserva moral.

Frente a ellos, César alineó seis legiones y unos 6.000 jinetes galos aliados. Sin caballería romana propiamente dicha, más algunos auxiliares especializados.

Los germanos combatían principalmente con la framea, una especie de pica con hierro afilado o con madera endurecida al fuego, útil tanto a media como a corta distancia.

También usaban venablos en grandes cantidades. Pocos llevaban espada. Ninguno llevaba armadura digna de ese nombre: luchaban desnudos o con un sayo ligero, y el escudo era lo único que los separaba del acero romano. Perderlo en combate era el mayor deshonor posible.

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Escena de combate en la Columna de Trajano. El cuerpo a cuerpo entre legionarios y guerreros bárbaros tenía esta brutalidad: equipamiento romano frente a la ferocidad germana desprotegida.

Ariovisto había hecho sus deberes. Sabía que el pilum romano, esa lanza diseñada para inutilizar el escudo del enemigo, era devastador contra formaciones ligeras.

Así que dio una orden poco ortodoxa: cuando los romanos llegaran a distancia de lanzamiento, sus guerreros saldrían a la carrera para cerrar el espacio lo más rápido posible. La idea era que las primeras líneas pudieran escapar de la nube de pilums.

Era un plan inteligente. Con un defecto: no resolvía el problema de lo que pasaba después.

La batalla del Vosges

César observó que el flanco derecho germano era el más débil y ordenó atacar por ahí. Cuando los romanos cerraron la distancia, Ariovisto dio la señal. Decenas de miles de guerreros salieron en carrera hacia las líneas romanas.

El choque fue brutal. Los germanos formaron una especie de testudo con sus escudos, una masa compacta que intentaba absorber los proyectiles y empujar hacia adelante al mismo tiempo. El empuje fue tremendo. La línea romana aguantó, pero con dificultad.

Y ahí empezó el problema de los germanos.

Esa formación compacta que habían adoptado para protegerse era perfecta para avanzar, pero inútil para maniobrar.

Cuando el flanco derecho romano empezó a imponerse y los legionarios perdieron el respeto inicial, la situación se invirtió. Las líneas germanas se quedaron anquilosadas, sin poder avanzar ni retroceder, sin capacidad de reaccionar con agilidad.

Entonces ocurrió algo que no estaba en ningún manual.

Algunos legionarios, por iniciativa propia, saltaron sobre los escudos que formaban el testudo germano y empezaron a arrancarlos con las manos.

Sus compañeros, gladio en mano, se metieron en los huecos que iban abriendo. Los germanos que quedaban expuestos no podían defenderse eficazmente. El pánico se extendió por la formación y esta empezó a deshacerse.

En el flanco izquierdo romano la cosa iba peor. Los germanos presionaban con fuerza. Fue entonces cuando el joven Publio Craso, hijo del triunviro, que mandaba una unidad de caballería en reserva, tomó la decisión correcta sin esperar órdenes: mandó sus jinetes al sector amenazado.

El refuerzo llegó a tiempo. Los germanos no solo fueron detenidos: los rechazaron y pusieron en fuga.

La derrota germana se convirtió en desbandada. César lanzó la persecución durante más de 25 kilómetros, hasta el propio Rin.

Las cifras que da son terribles: quizás 80.000 muertos entre combatientes y no combatientes, aunque como siempre con César hay que tomar esas cifras con cierta cautela. Ariovisto logró cruzar el río. Murió poco después, probablemente a causa de las heridas.

La primera gran amenaza germana sobre la Galia había sido aplastada.

Lo que cambió y lo que no

César había ganado dos batallas en un verano: primero los helvecios en Bibracte, luego los suevos de Ariovisto en el Vosges.

Era un éxito espectacular. También era el comienzo de algo mucho más largo y complicado de lo que él reconocía en sus despachos a Roma.

Porque la marea germana no había retrocedido. Ariovisto era un nombre, no un problema. Al otro lado del Rin había muchas más tribus, con muchas más ganas de cruzar hacia las tierras fértiles de la Galia.

César lo sabía, aunque en sus Comentarios lo presenta todo como una serie de amenazas aisladas que él va resolviendo una por una.

En la siguiente parte, veremos cómo ese problema regresó en forma de usipetes y tencteros, y cómo la respuesta de César fue cruzar el propio Rin para dejar claro que Roma no tenía fronteras que respetar.

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Panel de la Columna de Trajano con legionarios romanos en campaña. Las tácticas de César contra los germanos seguirían siendo referencia durante generaciones.

Parte I: El cónsul, los galos y el rey germano  |  Parte III: La trampa de los tencteros y usipetes


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