En el año 217 a.C., en la batalla de Rafia, Antíoco III hizo exactamente lo que se supone que debe hacer un rey en el campo de batalla.
Cargó en persona al frente de su caballería de élite, destrozó el ala izquierda enemiga y persiguió a los fugitivos hasta el campamento ptolemaico.
Y cuando volvió de su gloriosa carga, su ejército estaba destruido.
Te pongo en contexto.
Un ejército hecho de retales
El reino seléucida era un gigante territorial. Herederos directos de la parte asiática del imperio de Alejandro Magno, los seléucidas gobernaban desde Siria hasta el Indo, con capitales en Antioquía, Sardes y Seleucia del Tigris.
Tanta tierra significa también tantos pueblos distintos bajo un mismo mando, y eso se nota mucho cuando tienes que levantar un ejército.
El de Antíoco III en Rafia era una mezcla extraordinaria.
Macedonios y griegos asentados como colonos militares en Lidia, Frigia y el norte de Siria. Tracios con sus temibles espadas rhomphaia. Árabes en número enorme. Arqueros cretenses de alquiler. Caballería daha de las estepas del este. Elefantes indios con torres de madera. Infantes kurdos con jabalinas.
Si alguien te pregunta cómo era el mundo helenístico en el siglo III a.C., la respuesta más honesta es: mira esta lista de tropas.

La columna vertebral: la falange
Como todos los ejércitos herederos de Alejandro, el de Antíoco se sostenía sobre la falange de infantería pesada.
En Rafia llevó dos tipos distintos.
La primera era la falange mercenaria griega y macedonia, unos 20.000 hombres en el centro de la línea. Vivían en tiempos de paz como colonos en sus tierras, los llamaban katoikoi, y solo eran movilizados cuando hacía falta.
Armados con la sarissa de seis metros, escudo de sesenta a noventa centímetros, coraza de cuero. Profesionales en teoría, aunque su experiencia real era sobre todo la de guarnición en fortalezas. Formaban en filas de veinticuatro en fondo.
La segunda era la tropa de élite: los Argyraspidas, los «escudos de plata».
Diez mil hombres elegidos de todo el reino, acuartelados en guarniciones permanentes, con entrenamiento de verdad. El nombre venía del color de sus escudos, que en realidad estaban chapados en estaño porque la plata era demasiado cara. Detalles de presupuesto que la historia tiende a omitir.
Aquí me quedé yo con una imagen: el ejército más poderoso del mundo helenístico usando estaño pintado de plata para quedar bien. Pues eso…
La caballería de guardia: los que sí funcionaron
En el ala derecha, Antíoco puso lo mejor que tenía.
Primero, los Compañeros, herederos directos de la caballería de Alejandro Magno. Macedonios de los asentamientos de Siria, Lidia y Frigia, con coraza pesada, escudo pequeño y lanza de empuje. Mil jinetes organizados en dos hipparchiai de 512 cada una. Veteranos con moral muy alta.
Junto a ellos, el agema de la guardia: otros mil jinetes, reclutados entre los medos, todavía sin el acorazamiento pesado que adoptarían después de las guerras contra los partos. Ambas unidades iban directamente bajo el mando de Antíoco III en persona.
En el ala izquierda la historia era diferente. Caballería regular de Media y Siria, dos mil jinetes con armadura pesada pero con experiencia básicamente de guarnición. Otros dos mil de milicia con jabalinas. Tropas decorosas, pero no lo mejor del ejército.

Los elefantes: sesenta razones para el caos
Antíoco llevó a Rafia sesenta elefantes indios, todos concentrados en el ala derecha frente a los setenta y tres africanos de Ptolomeo.
Cada elefante llevaba una torre de madera, un guía y dos o tres soldados con sarissa, arco y jabalinas.
Los flancos estaban protegidos por escoltadores: en el ala derecha, dos mil quinientos arqueros cretenses, los mejores mercenarios de arco del mundo mediterráneo. En el ala izquierda, lidios con jabalinas, karduchios y arqueros persas.
Los elefantes indios eran más pequeños que los africanos de Ptolomeo. En Rafia, cuando ambas manadas se encontraron, los de Antíoco aguantaron mal el choque y acabaron provocando el pánico en sus propias tropas.
La infantería ligera: cantidad sobre calidad
El resto del dispositivo lo completaban tropas de calidad muy variable.
Diez mil árabes, el setenta y cinco por ciento arqueros y el resto jabalineros, en el ala izquierda.
Levantados apresuradamente entre tribus de la zona, con entrenamiento mínimo y moral media. Fue exactamente por ahí, por ese flanco lleno de árabes sin experiencia, por donde los ptolemaicos rompieron la línea.
Cinco mil tracios con su rhomphaia, esa espada larga curvada que daba mucho miedo pero que dependía completamente de quien la llevara.
Peltastas thureophoroi de Asia Menor con escudo oval y jabalina. Medos, carnanios, cadusios, cisios con lanzas cortas. Tres mil mercenarios griegos de infantería ligera en el ala derecha. Otros cinco mil dahaes y carmanios con arcos.

Lo que falló



En Rafia, Antíoco hizo perfectamente su parte.
Cargó con la caballería del ala derecha, barrió a los jinetes ptolemaicos que tenía enfrente y siguió hasta el campamento enemigo. Carga perfecta, ejecución perfecta.
El problema fue que mientras él perseguía a los fugitivos, su centro de falange colapsó. La falange ptolemaica, más disciplinada y mejor entrenada, empujó a la seléucida. Los árabes del ala izquierda se derrumbaron ante la caballería de Ptolomeo.
Cuando Antíoco volvió de perseguir a sus enemigos, encontró que era él quien había perdido la batalla.
Esto tiene una lección que los generales del mundo antiguo tardaron siglos en aprender bien: de nada sirve que el rey gane su duelo particular si el resto del ejército se desmorona mientras tanto.
Un vistazo al mando
Los oficiales seléucidas de esta época vestían armaduras de hierro adornadas a su rango.
Muchos eran mercenarios que cambiaban de bando cuando convenía. El propio Teodoto de Etolia, que mandaba los argyraspidas en Rafia, había sido antes general de Ptolomeo III antes de pasarse al bando seléucida.
En ese mundo helenístico, la lealtad era sobre todo a quien mejor pagaba.

Lecturas recomendadas
Si quieres entender el mundo en el que se movía este ejército, en el blog ya hemos hablado del ejército ptolemaico en Rafia, el bando contrario en esta misma batalla.
Y para el contexto general de cómo Roma fue absorbiendo todos estos reinos helenísticos uno a uno, el libro de Tom Holland Rubicón explica muy bien el mundo que se encontraron cuando llegaron al Mediterráneo oriental.

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