Mientras los partos arrasaban Siria y Herodes huía hacia Egipto, en Italia se estaba librando otra guerra. Una que nadie había pedido, que casi nadie quería, y que terminó quemando entera una ciudad que llevaba siglos en pie.
La culpa, en gran medida, era de Fulvia.
La mujer más peligrosa de Roma
Fulvia era única heredera de los Fulvios y los Sempronios, emparentada además con los Cornelios y los Emilios.
Cuando murieron sus padres se convirtió en una de las personas más ricas de Roma. El Senado le había concedido una exención a la Lex Voconia, la ley que impedía a las mujeres de la primera clase ser herederas universales. Si hubiera nacido hombre habría podido llegar a ser tan poderosa como un Craso o un Pompeyo.
Sus dos primeros maridos, Clodio y Curión, habían sido demagogos brillantes con carreras fulgurantes y vidas cortas. El tercero, Marco Antonio, combinaba el carisma de los anteriores con una capacidad militar que los otros no tenían.
Ella pagó sus deudas encantada. Preveía que llegaría muy lejos y que ella llegaría con él.
Mientras Antonio estaba en Oriente, Fulvia era la que mandaba en Roma. El triunviro Lépido, legalmente el hombre de mayor rango en la ciudad, no se atrevía a contradecirla. El cónsul Lucio Antonio, hermano menor de Marco, necesitaba su permiso para celebrar el triunfo con el que inauguró su mandato.
El único que no se dejó dominar fue Octaviano. Y eso Fulvia no se lo perdonó nunca. Cuando Octaviano repudió a su hija Claudia y la devolvió a su madre con la declaración jurada de que el matrimonio no había sido consumado, el insulto fue tan calculado como definitivo.

Italia al borde del colapso
Octaviano tenía entre manos la tarea más ingrata del reparto: repartir tierras entre cuarenta y tres legiones de veteranos en dieciocho ciudades italianas seleccionadas.
Sin dinero para indemnizar a los propietarios desplazados, sin grano suficiente porque Sexto Pompeyo controlaba Sicilia con su flota y cortaba el suministro marítimo, y con el bandidaje extendiéndose por toda la península.
Los propietarios expulsados se plantaron en los foros de Roma a quejarse. La plebe se apiadó de ellos y se irritó con Octaviano.
Los soldados, que veían peligrar sus tierras prometidas, empezaron a tomarlas por la fuerza sin esperar a nadie. Octaviano se hizo el ciego porque no podía hacer otra cosa: el poder del Triunvirato descansaba sobre esas legiones y no podía enfrentarse a ellas.
Lucio Antonio y Fulvia lo usaron todo como combustible. Lucio recibía en público a los propietarios desposeídos prometiéndoles ayuda. Difundía que las propiedades confiscadas a los proscritos eran suficientes para pagar a los soldados sin tocar las tierras de nadie.
Se paseaba junto a Octaviano en las colonias para que los veteranos no le atribuyeran a él solo el mérito del asentamiento. Era un trabajo sistemático de erosión.
Entonces Manio, administrador de los negocios de Marco Antonio y aliado de Lucio, le hizo ver a Fulvia un argumento que lo cambió todo: mientras Italia estuviera en paz, Antonio no volvería de Alejandría. La guerra era el único medio de separarlo de Cleopatra.
Fulvia, que llevaba meses rumiando los relatos de la galera dorada en el Cidno, se convirtió de inmediato en la más firme partidaria de la confrontación.
La guerra que nadie quería (excepto ellos)
Lucio Antonio tenía bajo su mando seis legiones que había reclutado al principio de su consulado.
El detalle dice bastante sobre sus intenciones reales desde el primer día. Además contaba con los ejércitos de las Galias, cuyos generales eran hombres de Marco Antonio: Ventidio, Asinio Polión, Lucio Munacio Planco.
Octaviano tenía cuatro legiones veteranas en Capua, sus cuatro mil pretorianos y seis legiones más que había enviado a Hispania a las órdenes de Salvidieno Rufo. Las llamó de vuelta antes de que llegaran a destino.
Las maniobras previas fueron una serie de golpes y contragolpes por el control de ciudades estratégicas de Italia central. Lucio se apoderó de Roma con un movimiento nocturno, llegó al día siguiente con el grueso de su ejército y Lépido tuvo que huir.
Desde el Foro prometió restaurar la República y acusó a Octaviano de todos los males del país. La plebe hambrienta lo aclamó.
Pero su ventaja duró poco. Agripa, el mejor general de Octaviano, tomó por asalto la ciudad de Sutrium en el sur de Etruria, amenazando la retaguardia de Lucio y sus líneas de comunicación con las Galias.
Lucio tuvo que volver para sitiarlo y perdió la iniciativa. Salvidieno, que llegaba del norte con sus seis legiones, pudo unirse al ejército de Octaviano. Juntos persiguieron a Lucio hasta que este cometió el error de acampar junto a Perusia, en Umbría, esperando que Ventidio y Asinio vinieran a rescatarle desde el norte.
No vinieron. O llegaron demasiado tarde. Los tres generales de Antonio, que tenían entre todos trece legiones y seis mil jinetes, no conseguían ponerse de acuerdo en quién mandaba. Ventidio quería luchar, Asinio dudaba, Planco prefería esperar. Con ese nivel de coordinación no rompieron el cerco.
El sitio de Perusia
Octaviano construyó alrededor de Perusia una circunvalación de diez kilómetros de perímetro con mil quinientas torretas de madera, fosos, almenas y dispositivos dobles para repeler tanto a los sitiados como a los posibles refuerzos exteriores.
Lucio intentó forzar el cerco en varias ocasiones. Lo rechazaron todas las veces.
Dentro de la ciudad empezó el hambre. Primero dejaron de alimentar a los esclavos. Cuando los esclavos morían deambulando por las calles, los enterraban en fosas comunes. Las deserciones aumentaron. Octaviano había dado orden de tratar bien a los que se entregaran.
Lucio entendió que resistir más sería inútil y abrió negociaciones. La rendición llegó a principios del 40 a.C.
Los miembros del Consejo de la ciudad y los principales enemigos personales de Octaviano fueron ejecutados. La ciudad fue pasto de las llamas. De toda Perusia solo quedaron en pie el Templo de Vulcano y una estatua de Juno que Octaviano mandó llevar a Roma.
Perusia había sido una de las doce principales ciudades etruscas. Luego fue reconstruida con el nombre de Colonia Vibia Augusta. Hoy la conocemos como Perugia.
Lucio Antonio fue perdonado y enviado como gobernador a Hispania, donde sus lugartenientes tenían orden de vigilarlo. No se volvió a saber de él.
El mapa cambia
Con Perusia rendida, los generales de Antonio al norte de Italia perdieron cualquier razón para seguir peleando una guerra que nunca habían querido.
Asinio Polión retuvo el Véneto para Antonio. Ahenobarbo, el último republicano activo en el Adriático, aceptó la oferta de Asinio y se unió a la facción de Antonio con su flota.
Fulvia y sus hijos huyeron de Preneste a Puteoli, de allí a Brindisi, y de Brindisi a Grecia escoltados por Planco con tres mil jinetes.

Cuando Octaviano se presentó ante Caleno, el más poderoso de los generales de Antonio con once legiones veteranas cerca de los Alpes, el general murió antes de que llegara.
Su hijo, sin autoridad propia, cedió el mando. Octaviano se quedó con las once legiones y con el control de las provincias galas de Antonio sin desenvainar la espada.
En menos de un año la situación había dado un vuelco completo. Octaviano controlaba ahora todo el occidente romano. Antonio seguía teniendo el Oriente y los generales que le quedaban al norte de Italia, pero había perdido la iniciativa política y la ventaja numérica que tenía antes de la guerra.
Lo que aún no se sabía era cómo iba a reaccionar Marco Antonio cuando se enterara de todo. Estaba en Alejandría, con los partos ocupando sus provincias orientales, su hermano derrotado, sus provincias occidentales en manos de Octaviano y su esposa Fulvia huyendo hacia Grecia.
Era el momento de volver. En la siguiente parte veremos cómo regresó y lo que encontró al llegar.
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