Mientras Marco Antonio disfrutaba de Alejandría en compañía de Cleopatra, al otro lado del Éufrates alguien llevaba meses trabajando para convencer al rey de los partos de que era el momento perfecto para atacar.
Se llamaba Quinto Labieno. Y era romano.
El Imperio que no era un imperio
Antes de hablar de la invasión conviene entender a qué nos enfrentamos cuando hablamos del Imperio Parto. Porque no era un estado centralizado como Roma.
Era una amalgama de reinos vasallos, satrapías gobernadas por familias nobles hereditarias, y ciudades griegas con sus propias instituciones que habían sobrevivido desde los tiempos del reino Seléucida. Todo ello subordinado, en teoría, al Rey de reyes.
En la práctica, la autoridad del monarca arsácida dependía de cuánto miedo le tuviera la nobleza y de cuánto dinero tuviera para comprar lealtades.
El comercio era el motor de todo: la mayor parte de las rutas entre Oriente y Occidente cruzaban su territorio, y los beneficios de las aduanas no iban al rey central sino a los gobernantes locales por cuyas tierras pasaban las caravanas. Esto fortalecía a los focos de poder regionales y debilitaba al centro.
Sus ejércitos reflejaban esa estructura feudal: no eran soldados de un estado, sino siervos de un rey, un sátrapa o un noble.
Lo que los hacía temibles era precisamente eso: cuando conseguían unir fuerzas bajo un mando común, como en Carrhae, el resultado era demoledor. Cuando estaban divididos, eran una amenaza manejable.
Orodes II llevaba catorce años en el trono cuando llegamos al 41 a.C. Había llegado al poder con la ayuda de Surena, el genio militar que destrozó a Craso. Y lo primero que hizo tras celebrar la victoria de Carrhae fue mandar ejecutar a Surena.
Porque alguien capaz de reclutar ese ejército y ganar esa batalla era, inevitablemente, el segundo hombre más poderoso del Imperio. Y Orodes no podía permitirse segundos…

Era un hombre que había aprendido a sobrevivir siendo más frío que sus enemigos. Y ahora veía una oportunidad que no podía desperdiciar.
El renegado
Quinto Labieno era hijo de Tito Labieno, el mejor general de César en la Galia, que terminó peleando contra él en la guerra civil y murió en Munda.
El hijo había heredado las lealtades republicanas del padre. Antes de Filipos, Casio y Bruto lo habían enviado como embajador ante Orodes para conseguir más apoyo pártico.
Cuando llegó la noticia de la derrota, Labieno se quedó al otro lado del Éufrates. No tenía dónde ir.
Pero pronto vio su oportunidad. Marco Antonio había generado un enorme malestar en Siria con sus tributos y sus represalias contra los judíos.
Octaviano estaba metido hasta el cuello en la guerra con Sexto Pompeyo y los problemas de Italia. Las provincias orientales estaban guarnecidas en parte por soldados que habían servido bajo Bruto y Casio, y que Antonio había dejado allí por su conocimiento del terreno.
Labieno se pasó meses insistiendo ante Orodes: era el momento. El rey lo escuchó. Y decidió que sí, pero con una condición: su hijo Pacoro compartiría el mando del ejército con el romano. Orodes era demasiado inteligente para dejar una expedición entera en manos de un extranjero, por muy útil que le resultara.
La invasión
A finales del 41 a.C. un ejército parto, posiblemente más de cuarenta mil hombres, cruzó el Éufrates. Labieno y Pacoro avanzaron hacia Fenicia.
Apamea no cedió, sus murallas eran sólidas. Pero las guarniciones de los alrededores, formadas en gran parte por veteranos republicanos, no tardaron en cambiar de bando.
Labieno los conocía, ellos lo conocían a él. El soldado romano de la época no combatía por Roma en abstracto sino por su general, y Antonio no estaba allí.
El legado Lucio Decidio Saxa reunió las tropas que le quedaban y salió de Antioquía a combatirlos. Lo derrotaron. No decisivamente, aún le quedaban hombres, pero Labieno empleó entonces un truco elegante: mandó que los arqueros partos dispararan pamfletos al campamento enemigo pidiendo a los soldados que lo abandonaran.
Saxa, que sabía perfectamente cuántos de sus hombres podían responder a esa oferta, no esperó a averiguarlo y huyó de noche hacia Antioquía.
Labieno lo persiguió y destruyó la mayor parte de su ejército en la retirada. Saxa llegó a Antioquía con un puñado de supervivientes y siguió hacia Cilicia. Los habitantes de Apamea, creyendo que el general romano había muerto, abrieron las puertas.

Desde ahí Pacoro y Labieno se separaron. El príncipe parto avanzaría hacia el sur para hacerse con el resto de Siria.
Labieno subiría al norte, hacia Cilicia, para bloquear los refuerzos romanos.
Alcanzó y mató a Saxa en Cilicia. El general romano que quedaba en Asia Menor, Planco, ni siquiera intentó presentar batalla y huyó con sus tropas a las islas griegas.
En pocos meses, Labieno controlaba prácticamente todo el territorio romano al este del Egeo.
Se autoproclamó Parthicus Imperator y mandó acuñar monedas con ese título. Había vuelto al mundo romano por la puerta grande, con un ejército parto a sus espaldas y el cadáver de varios generales de Marco Antonio entre los pies.

Las ciudades que lo habían acogido como libertador tardaron poco en entender el error. Labieno impuso tributos, saqueó templos, arrasó Mylasa porque su orador más famoso le había enviado una carta burlona.
Era tan brutal como su padre y tan poco capaz de ganarse el respeto sin el miedo.
Antígono y el caos de Judea
Al sur, Pacoro avanzaba por la costa con el resto del ejército. Sidón y Ptolemaida abrieron sus puertas. Tiro se negó, y allí se habían refugiado los últimos romanos de la provincia.
Pacoro dejó Tiro para después y mandó a uno de sus oficiales, que llevaba el mismo nombre que él, a penetrar en Judea para colaborar con Antígono.
Antígono era el último heredero legítimo de la dinastía asmonea. Llevaba años esperando su momento, financiado desde Calcidicia. Ahora lo tenía: ofreció a los partos mil talentos y quinientas mujeres a cambio de que lo pusieran en el trono. Pacoro aceptó y avanzó.
En Jerusalén estalló el caos.
La población rural, arruinada por los impuestos de Casio y luego por los de Marco Antonio, se unió en masa a Antígono. Fasael y Herodes, los hijos de Antípatro, aguantaron durante semanas de combates callejeros. Herodes custodiaba el palacio real con Hircano dentro. Fasael controlaba las murallas.
Antígono pidió una tregua y rogó que dejaran entrar al oficial parto como mediador. Fasael cedió. Herodes, que no se fiaba, lo aconsejó en contra. Pero el hermano mayor tenía la última palabra, y el hermano mayor se equivocó.
Los partos tendieron la trampa. Convencieron a Fasael de que fuera a entrevistarse con el general Barzafranes en Galilea. Hircano lo acompañó. En el camino, la desconfianza de Fasael fue creciendo: la vigilancia era demasiado constante, los rumores demasiado inquietantes.
Uno de sus hombres lo avisó y le instó a escapar. Fasael se negó a dejar solo a Hircano. Cuando llegaron a la entrevista, Barzafranes los mandó apresar.
Herodes lo supo a través de sus espías antes de que los partos lo esperaran.
En una noche oscura escapó de Jerusalén con su familia y sus hombres más leales. Los partos y los partidarios de Antígono los persiguieron.
Herodes los entretuvo mientras las mujeres se adelantaban, y unas doce millas al sur de Jerusalén les presentó batalla y los derrotó. Años después fundaría en ese lugar una ciudad llamada Herodio.

Herodes llegó a Masada con su grupo reducido a los más leales. Dejó a su familia bajo la protección de ochocientos hombres al mando de su hermano José, con víveres para un asedio largo, y partió a buscar aliados.
Primero los nabateos, que le dieron con la puerta en las narices con excusas. Luego Egipto.
En el camino le llegó la noticia de la muerte de su hermano Fasael. Encadenado en su celda, sin posibilidad de defenderse, Fasael había estrellado su cabeza contra el muro antes de permitir que lo ejecutaran con deshonra.
Antígono mandó rematarlo con veneno. Sus últimas palabras, al saber que Herodes había escapado, fueron: «Ahora me voy contento, puesto que dejo vivo al que se va a vengar de mis enemigos«.
Antígono fue proclamado rey y Sumo Sacerdote de los judíos. Antes de que Pacoro le entregara a Hircano, le arrancó las orejas a mordiscos para inhabilitarlo como Sumo Sacerdote, cargo que según la ley judía no podía desempeñar ningún hombre mutilado.
Herodes llegó a Pelusio buscando al único hombre que podía ayudarle a vengarse. Marco Antonio. Que seguía en Alejandría.
En la siguiente parte veremos cómo la situación en Roma y en Italia obligó a Antonio a salir de su retiro egipcio y qué encontró cuando por fin se decidió a actuar.
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