El Epiro es uno de esos lugares que aparecen en los márgenes de la historia griega durante siglos y que de repente, a mediados del siglo IV a.C., pasan a ser protagonistas de primer orden.
No porque el Epiro cambiara de un día para otro, sino porque el mundo que lo rodeaba se transformó y arrastró consigo a sus reyes.
Para entender lo que pasó después hay que empezar por el principio. Por Taripa.
Taripa y el experimento civilizatorio
Entre el 430 y el 390 a.C. reinó en Molosia, el estado más importante del Epiro, un rey llamado Taripa. Lo que lo hace interesante es que había sido enviado de joven a Atenas para recibir educación, y cuando volvió a casa llegó con ideas.
Organizó a su pueblo bajo leyes escritas. Introdujo un senado y magistrados anuales. Trató, en definitiva, de aproximar las instituciones molosas al modelo de la polis griega, o al menos a aquello de ella que podía trasplantarse a una sociedad tribal de montaña en el noroeste de Grecia.
Aristóteles hace una observación interesante sobre los reyes de Molosia. Dice que no eran monarcas absolutos, que sus propias leyes les imponían limitaciones, y que eso explicaba en parte por qué solían reinar durante muchos años.
La lógica es elegante: un rey que no puede abusar del poder tiene menos enemigos que uno que sí puede. La estabilidad como consecuencia involuntaria de la moderación institucional.

Alcetas entre las potencias
A Taripa le sucedió Alcetas I, y aquí empieza la historia exterior del reino. Jenofonte lo llama, significativamente, «lugarteniente del Epiro», lo que ya indica que para los griegos del sur el Epiro era todavía una región periférica y su rey algo menos que un igual.
Alcetas apoyó a Dionisio I de Siracusa durante su campaña en el Adriático, hacia el 379 a.C. Poco después se encontró sometido a Jasón de Feres, el poderoso tagos tesalio que realizó una campaña en el Epiro y sometió a los molosos, los dolopes y los máracos de Etolia.
En razón de esa dependencia, Alcetas tuvo que prestar apoyo a las tropas atenienses aliadas de Jasón cuando estas le pidieron paso hacia Corcira en el invierno del 374-373 a.C. Probablemente ingresó en la Segunda Liga Délica por esas fechas, aunque por poco tiempo.
Alcetas murió en el 370 a.C. Su hijo Neoptólemo subió al trono compartiendo el poder con su hermano Arribbas. Cuando Neoptólemo murió en el 357 a.C., Arribbas consolidó su posición de una manera muy griega: se casó con Tróade, la hija mayor de su hermano fallecido, y se hizo tutor de los otros dos hijos de Neoptólemo: Olímpiade y Alejandro.
La boda que cambió todo
La decisión más importante de Arribbas fue casar a su sobrina Olímpiade con Filipo II de Macedonia. Calculó que esa alianza le daría influencia sobre el poderoso vecino del norte y le permitiría ampliar su propio poder a largo plazo. Como dote entregó a Filipo la región de Tymfea.
El cálculo salió mal. Muy mal.
En el año 342 a.C., Filipo atacó el Epiro, arrebató a Arribbas el territorio de la Parauea y lo destronó. En su lugar colocó a Alejandro, el hermano de Olímpiade, que había pasado muchos años en la corte macedónica y tenía a Filipo como modelo de conducta. Las fuentes antiguas no son discretas al respecto: algunos señalan que la relación entre ambos había sido algo más que política.

El Epiro como pieza del tablero macedónico
Lo que le ocurrió al Epiro en esta época no es una historia aislada. Es un ejemplo perfecto del método macedónico de expansión: matrimonios estratégicos, presión militar cuando la diplomacia no bastaba, y colocación de reyes clientes que debían su trono a Macedonia.
Arribbas pensó que estaba usando a Filipo. Filipo pensó exactamente lo mismo de Arribbas, y tuvo razón.
El resultado fue que el Epiro quedó integrado en la órbita macedónica justo cuando Macedonia estaba a punto de dominar toda Grecia.
Lo que nadie podía saber entonces es que de esa familia epirota, de esa Olímpiade entregada como prenda política, saldría el hijo que superaría a Filipo: Alejandro Magno.
Y que el hermano instalado en el trono del Epiro, ese Alejandro que había crecido en la corte de Filipo, llevaría adelante su propia campaña militar en Italia, casi como un eco occidental del proyecto oriental de su sobrino.
Pero eso ya es otra historia….

Lecturas recomendadas
Para entender el mundo macedónico en el que se mueve el Epiro de esta época, y la expansión que llevaría a Alejandro a conquistar el mundo conocido, Rubicón de Tom Holland ofrece el contexto mediterráneo más accesible.
Y para la Roma que acabaría heredando todo ese mundo helenístico, SPQR de Mary Beard es imprescindible.

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