Hay una pregunta que lleva más de dos mil años sin respuesta satisfactoria.
Después de Cannas, con ochenta mil romanos muertos en un solo día, con Italia entera temblando, ¿por qué Aníbal no marchó sobre Roma?

La pregunta no es retórica. Es la pregunta.
El cartaginés que aprendió a odiar antes de hablar
Aníbal Barca nació en Cartago alrededor del 247 a.C., en plena Primera Guerra Púnica, cuando Roma y Cartago llevaban años matándose por el control del Mediterráneo occidental.
Su padre era Amílcar Barca, uno de los mejores generales cartagineses de su generación.
Un hombre que había combatido en Sicilia, que había visto cómo Roma arrebataba esa isla mediante un tratado humillante, y que había decidido que su hijo no olvidaría eso nunca.
La historia que se cuenta, y que probablemente tiene mucho de verdad, es que el pequeño Aníbal le rogó a su padre que le dejara acompañarle en la expedición a Hispania.
Amílcar aceptó con una condición: que jurara sobre el altar que sería enemigo de Roma para siempre.
Aníbal juró. Y lo cumplió.
Veintiséis años y ya cruzaba los Alpes
Cuando Amílcar murió en combate, el mando pasó a su yerno Asdrúbal. Cuando Asdrúbal fue asesinado, el ejército aclamó a Aníbal. Tenía veintiséis años.
Lo que hizo a continuación es una de las hazañas militares más extraordinarias de la historia antigua.
Cruzó los Pirineos. Atravesó el sur de la Galia. Y luego cruzó los Alpes en otoño, con un ejército de más de cincuenta mil hombres, caballos y elefantes de guerra.
Los Alpes en otoño. Con elefantes.
No todo el ejército llegó. Las avalanchas, el frío, los ataques de las tribus locales y el simple agotamiento se cobraron su precio. Pero los que llegaron al otro lado encontraron a Roma completamente desprevenida.
Tres batallas, tres humillaciones
En apenas dos años, Aníbal dio a Roma tres derrotas que ningún otro enemigo había conseguido.
El Tesino, en el 218 a.C. Primera escaramuza. Victoria cartaginesa.
El Trebia, en diciembre del 218 a.C. Primera batalla en serio. Roma perdió dos tercios de su ejército.
El lago Trasimeno, en el 217 a.C. Cayo Flaminio y treinta mil romanos cayeron en una emboscada perfecta junto a las orillas del lago. En tres horas.
Y luego llegó Cannas.
El día que Roma casi dejó de existir
El 2 de agosto del 216 a.C., en una llanura de la Apulia, Aníbal ejecutó la maniobra táctica más estudiada de la historia militar occidental.
Tenía menos hombres que Roma. Cuarenta mil contra ochenta mil. Roma pensó que la aplastante superioridad numérica sería suficiente.
No lo fue.
Aníbal colocó a sus mejores tropas en los flancos y a sus soldados más débiles en el centro, en forma de arco convexo. Cuando la infantería romana empujó hacia adelante, el centro cartaginés cedió, retrocedió, y la masa romana se metió dentro como si fuera un embudo. Entonces los flancos cerraron.
Lo que siguió fue una carnicería. Entre sesenta y ochenta mil romanos murieron en un solo día. Nunca en la historia de Roma hubo una jornada más sangrienta.

La pregunta que nadie ha respondido bien
Maharbal, el jefe de la caballería cartaginesa, le dijo a Aníbal: «En cinco días cenas en el Capitolio. Yo abro el camino.» Aníbal dijo que no.
¿Por qué?
Las teorías son varias. Que no tenía maquinaria de asedio para tomar una ciudad amurallada.
Que esperaba que las ciudades aliadas de Roma se rebelaran en masa.
Que Cartago no le enviaba refuerzos suficientes.
Que simplemente calculó mal.
Maharbal, según Tito Livio, le respondió: «Sabes vencer, Aníbal. Pero no sabes aprovechar la victoria.» Tiene toda la pinta de ser una frase inventada a posteriori. Pero capta algo real.
Dieciséis años en Italia sin ganar la guerra
Aníbal se quedó en Italia durante dieciséis años. Nunca tomó Roma. Las ciudades aliadas se rebelaron, sí, pero no todas ni con la contundencia que esperaba.
Roma, en lugar de rendirse, cambió de estrategia.
Escipión el Africano cruzó a Hispania, luego a África, y atacó Cartago directamente. Aníbal tuvo que volver. En Zama, en el 202 a.C., perdió su primera batalla campal importante.
El final de un genio
Cartago negoció la paz. Aníbal sobrevivió, fue magistrado, reformó la administración pública, y cuando Roma presionó para que fuera entregado, huyó.
Pasó sus últimos años como refugiado en varias cortes del Mediterráneo oriental, asesorando a reyes que querían plantar cara a Roma. Cuando los romanos llegaron a Bitinia y el rey iba a entregarlo, Aníbal bebió el veneno que siempre llevaba encima.
Tenía unos sesenta y cuatro años. No se iba a dejar capturar.
Roma nunca olvidó su nombre. Durante generaciones, cuando un niño romano lloraba sin razón, las madres decían: «Viene Aníbal.«

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