Augusto lo controló todo.
El ejército, el Senado, las provincias, la moneda, la propaganda, el culto imperial. Durante cuarenta y cuatro años fue el hombre más poderoso del mundo conocido.
Su familia, en cambio, fue un desastre.
El problema de tener una hija como Julia

Augusto necesitaba un heredero. El problema es que su único hijo biológico era una hija, Julia, y Roma no concebía que una mujer heredara el poder.
La solución fue casarla. Una vez. Dos veces. Tres veces.
Primero con Marcelo, su sobrino favorito. Marcelo murió joven. Luego con Agripa, su mejor general, que tenía el doble de edad que Julia pero era el hombre más capaz del Imperio. Julia y Agripa tuvieron cinco hijos, entre ellos Gayo y Lucio César, a quienes Augusto adoptó como herederos.
Luego murió Agripa. Y Augusto casó a Julia con Tiberio, el hijo de su esposa Livia. Tiberio odiaba a Julia. Julia odiaba a Tiberio. El matrimonio fue un fracaso monumental.
El escándalo que Augusto no podía ignorar

En el año 2 a.C., cuando Augusto tenía sesenta y un años y llevaba décadas construyendo su imagen de restaurador de la moral romana, alguien le contó lo que estaba pasando con su hija.
Julia, de treinta y siete años, llevaba tiempo haciendo lo que le daba la gana. Una lista de amantes que incluía, según las fuentes, a Julio Antonio, el hijo de Marco Antonio, entre otros.
Augusto la desterró a una isla. Para siempre. Hasta su muerte, nunca la volvió a ver ni levantó el destierro.
Le escribió a sus amigos que habría preferido ser padre de Ferentes que de Julia. Ferentes era un pueblo de Italia destruido por una revuelta. No hay mucho margen de interpretación ahí.
Los herederos que se murieron
Gayo y Lucio César, los nietos adoptados y preparados durante años para sucederle, murieron los dos.
Lucio en el año 2 d.C. Tenía diecinueve años. Gayo en el año 4 d.C. Tenía veinticuatro.
Las fuentes antiguas insinúan veneno. La sospechosa habitual es Livia, la esposa de Augusto, que quería el trono para su propio hijo Tiberio. ¿Lo hizo Livia? No lo sabemos. Tácito lo insinúa, pero Tácito insinúa muchas cosas.
Lo que sabemos es que después de las dos muertes, Augusto adoptó a Tiberio. Sin entusiasmo. Hay una frase que se le atribuye: «Lo hago por el bien de Roma.» No exactamente una declaración de amor paternal.
Tiberio, el heredero que nadie quería

Tiberio era un general excelente y un administrador competente. También era hosco, desconfiado y poco dado a las relaciones públicas que el cargo requería.
Augusto lo sabía. Por eso también adoptó a Germánico, el sobrino de Tiberio, para que Tiberio lo adoptara a su vez y fuera el siguiente en la línea. Una cadena de adopciones para garantizar que el poder siguiera en la familia, sin que nadie pudiera llamarlo monarquía hereditaria, porque Roma seguía siendo técnicamente una república.
El sistema no era elegante. Pero funcionó.
El nieto que también salió mal
Augusto tuvo otro nieto biológico, Agripa Póstumo, hijo de su hija Julia y de Agripa. Lo adoptó junto con Tiberio en el año 4 d.C.
Luego lo desheredó. Los motivos exactos no están claros. Las fuentes hablan de un carácter brutal y de aficiones incompatibles con la dignidad imperial. Fue encerrado en una isla.
Cuando Augusto murió, Agripa Póstumo fue ejecutado al día siguiente. Tiberio afirmó no haber dado la orden. Quizás era verdad. Roma tenía esa costumbre de que ciertos problemas se resolvían solos.

El final de un patriarca exhausto
Augusto murió en el año 14 d.C. Tenía setenta y cinco años, una edad extraordinaria para la época.
Sus últimas palabras, según Suetonio, fueron para Livia: «Livia, recuerda nuestra vida en común. Adiós.«
También se dice que en sus últimos momentos preguntó a los presentes si había representado bien su papel en la comedia de la vida. Y que pidió un aplauso.
No está mal para un hombre que había pasado cincuenta años fingiendo que no era un rey.

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