«No me molestes los círculos.»
Dicen que eso fue lo último que dijo Arquímedes. Un soldado romano había entrado en su casa en plena caída de Siracusa y lo encontró dibujando figuras geométricas en la arena. El viejo no levantó la cabeza. El soldado lo mató.
La frase es probablemente inventada. Pero lo que pasó antes, durante dos años, es de lo más increíble de la historia militar antigua.
Una ciudad que cambió de bando
Te pongo un poco en contexto. Estamos en plena Segunda Guerra Púnica.
Aníbal acaba de destrozar a los romanos en Cannas y medio sur de Italia se ha pasado a su bando. Siracusa, la gran ciudad griega de Sicilia, había sido fiel aliada de Roma durante medio siglo con su rey Hierón II.
Pero Hierón murió en el 215, muy viejo, y su nieto Jerónimo, un chaval de quince años, decidió pasarse a Cartago.
Lo asesinaron al poco, hubo matanzas, golpes, y al final mandaban en la ciudad dos agentes de Aníbal. Roma no podía consentirlo. En el 213 llegó a Siracusa Marco Claudio Marcelo, el general al que llamaban «la espada de Roma».

Un solo hombre contra dos ejércitos
Marcelo atacó por tierra y por mar a la vez. Por mar traía sesenta quinquerremes y unas máquinas especiales: barcos atados de dos en dos con una enorme escala encima, las sambucas, para subir a las murallas directamente desde el agua.
Lo que no sabía es que, al otro lado, Arquímedes llevaba años preparando la defensa de la ciudad por encargo de Hierón. Y, según Polibio, Livio y Plutarco, lo que se encontraron los romanos fue un infierno.
Catapultas que disparaban a larga distancia y otras a corta, para que no hubiera ningún punto seguro. Troneras a la altura de la mano para que los arqueros dispararan sin asomarse. Grúas que dejaban caer piedras enormes sobre las sambucas. Y la más famosa: la garra de Arquímedes.

La garra y los espejos
La garra era una especie de grúa con un gancho de hierro que se descolgaba sobre la proa de los barcos romanos, la levantaba en vertical y luego la soltaba de golpe.
El barco se hundía o se estrellaba contra las rocas. Plutarco dice que a veces se veía un barco colgando en el aire, dando vueltas, con la tripulación cayendo.
Los romanos llegaron a tener tanto miedo que, en cuanto veían asomar una cuerda o un palo por encima de la muralla, salían corriendo gritando que Arquímedes iba a usar otra máquina contra ellos.
¿Y los famosos espejos que quemaban los barcos? Aquí me quedé yo con una pregunta. Ni Polibio, ni Livio, ni Plutarco los mencionan.

La historia aparece siglos después. Se ha intentado reproducir muchas veces, incluso en televisión, y casi nunca funciona en condiciones reales. Lo más probable es que sea una leyenda.
Cómo cayó Siracusa
Marcelo se rindió a la evidencia: Siracusa no se podía tomar al asalto.
Así que la cercó y esperó. Ocho meses después, en el 212, aprovechó una fiesta en honor de Artemisa en la que los defensores bebieron más de la cuenta, y unos soldados subieron por una parte mal vigilada de la muralla.
La ciudad cayó por partes. Hubo saqueo, como siempre. Y en medio del saqueo, Arquímedes murió. Marcelo, que había dado orden de respetarlo, lo lamentó de verdad, según las fuentes, y se ocupó de su familia.
Siglo y medio después, Cicerón, que era cuestor en Sicilia, buscó su tumba. La encontró cubierta de maleza, gracias a lo que el propio Arquímedes había pedido que grabaran: una esfera dentro de un cilindro.

No me quiero poner filosófico, pero me encanta que un imperio que estaba a punto de conquistar el Mediterráneo tuviera que pararse dos años por culpa de un matemático.
Y que lo que más orgullo le dio a ese matemático no fueran sus máquinas, sino un teorema.
¿Crees que lo de los espejos pudo ser verdad? Te leo en los comentarios.


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