Un campamento preparado para una fiesta.
La plata, a la vista. Las tiendas, con el suelo cubierto de césped recién cortado y adornadas con hiedra.
Lo cuenta el hombre que entró en él esa misma tarde. Pero no era el campamento del vencedor. Era el de Pompeyo. Y la cena que le habían preparado se la comió Julio César.
Lo que más me sorprendió, preparando este expediente, fue otra cosa. Los días anteriores, en ese campamento, los jefes de Pompeyo ya se peleaban por los cargos de César.
Motivos tenían: el doble de soldados y siete veces más jinetes. Lo dice el propio César. Y en todo su relato no escribe ni una vez el nombre del lugar. Nosotros lo llamamos Farsalia.

Suegro y yerno
A Pompeyo, en Roma, le llamaban Magno, el Grande (su vida entera la tienes en este artículo). Había limpiado el mar de piratas y vencido a Mitrídates. Y era el yerno de César: se había casado con su hija, Julia.
Pero Julia murió de parto en el 54 antes de Cristo. Dion Casio lo resume con una frase preciosa: los dos habían querido al mismo niño, uno como padre y otro como abuelo.
Muerta Julia, ya no quedaba nada que los uniera.
Cuando César cruzó el Rubicón, Pompeyo no huyó. Se llevó la guerra a Grecia, con la flota, el dinero de Oriente y medio Senado. Y para alcanzarle, César tenía que cruzar un mar que era de su enemigo.
La travesía imposible
César solo encontró barcos para la mitad de su ejército: quince mil legionarios y seiscientos jinetes, en pleno invierno.
Consiguió desembarcar. Pero el almirante de Pompeyo, Bíbulo, capturó treinta de los barcos que volvían a por el resto y los quemó con los marineros dentro. Bíbulo vigiló la costa sin pisar tierra, ni siquiera enfermo, hasta morir de agotamiento.
Plutarco cuenta que César, desesperado, se disfrazó y subió de noche a una barca para cruzar él mismo a Italia. Cuando el piloto quiso dar la vuelta por el temporal, César se descubrió: «Ánimo, no temas. Llevas a César y a su fortuna».
No lo consiguió. Y en su libro, curiosamente, no le dedica ni una línea. Al final cruzó Marco Antonio con el resto.
Dirraquio, el cerco al revés
Ya juntos, César hizo algo sin lógica. Lo normal es que el ejército grande rodee al pequeño. César, con menos hombres, rodeó a Pompeyo junto a Dirraquio, la actual Durrës, en Albania, con una línea de unos veinticinco kilómetros.
Y aquí aparecen los dos planes. Pompeyo tenía el mar y por el mar le llegaba el trigo: le bastaba con esperar. César necesitaba una batalla, porque el hambre estaba de su lado.
Sus soldados hacían pan con una raíz mezclada con leche y se lo tiraban a los pompeyanos para que vieran lo que estaban dispuestos a comer. «Luchamos contra fieras», dijo Pompeyo.
Al final Pompeyo encontró un punto débil y rompió la línea. César perdió casi mil hombres. Y Pompeyo no remató. César se lo dijo a sus amigos: «Hoy habrían ganado los enemigos, si tuvieran a alguien que supiera vencer». Esa frase, por supuesto, tampoco está en su libro.
El plan que funcionaba (y que Pompeyo abandonó)
César se retiró a Tesalia, sin dinero ni provisiones. Pompeyo no tenía ninguna prisa: si esperaba, el ejército enemigo se desharía solo.
Pero en su campamento nadie quería esperar. Le llamaban Agamenón, rey de reyes, y le acusaban de alargar la guerra para seguir mandando sobre los senadores.
Domicio, Escipión y Léntulo se insultaban por el cargo de sumo sacerdote de César. Según Plutarco, algunos mandaron recado a Roma para alquilar casas cerca del Foro. Todavía no habían ganado y ya buscaban piso en el centro.
Si esperaba, ganaba sin riesgo. Si luchaba, se lo jugaba todo en una tarde. Y Pompeyo cedió.

Los dos planes
Así quedaron las fuerzas, según César: cuarenta y cinco mil legionarios y siete mil jinetes de Pompeyo, contra veintidós mil y mil. Y un detalle que tuvo que doler: el ala izquierda de Pompeyo la formaban la primera y la tercera legión. Las dos habían sido de César.
Pompeyo no ocultó su plan. Su caballería, al mando de Labieno, el mejor lugarteniente que había tenido César en la Galia, rodearía el ala derecha enemiga y la pondría en fuga «antes de que lancemos un solo dardo». Era un buen plan.
Pero César lo leyó en cómo formaba el enemigo. Sacó seis cohortes de su tercera línea y formó con ellas una cuarta, escondida detrás de su caballería. Según Plutarco, les ordenó no lanzar las jabalinas, sino apuntar a la cara de los jinetes.
La carga
Un veterano, Crastino, le dijo a César antes de salir: «Hoy, general, me darás las gracias, vivo o muerto». Y cargó el primero.
En el flanco, el plan de Pompeyo funcionó tal y como lo había contado: la caballería de Labieno arrolló a los jinetes de César. Entonces César dio la señal a la cuarta línea.
Las seis cohortes salieron, y los jinetes no aguantaron: se dieron la vuelta y huyeron hacia las colinas. Las cohortes rodearon el ala de Pompeyo por detrás, y el ala se rompió.
Pompeyo volvió a su tienda y, según Plutarco, se sentó sin decir palabra. Cuando los cesarianos asaltaron la empalizada, solo dijo: «¿Hasta en mi campamento?». Se quitó las insignias y salió por la puerta de atrás.
Entre los muertos encontraron a Crastino, con una estocada en la cara. ¿Cuántos murieron? Quince mil pompeyanos, según César. Seis mil, según Asinio Polión, que estuvo allí.
El día después: Bruto
En la tienda de Pompeyo aparecieron sus cajas de cartas: quién le escribía, quién le apoyaba en secreto. César las quemó sin leerlas.
Entre los vencidos había un joven que había luchado con Pompeyo. Se llamaba Marco Bruto.
César había ordenado no matarle. Bruto escapó y le escribió desde Larisa, y César le perdonó. Cuatro años después, en los idus de marzo, Bruto llevaba un puñal.
Pelusio
Pompeyo huyó a Egipto, donde el padre del rey había sido su amigo. Pero el rey era un niño, y los que mandaban por él hicieron cuentas: ayudar al perdedor era enfadar al vencedor.
Le enviaron una barca pequeña. En ella iba Lucio Septimio, que había sido centurión a sus órdenes en la guerra contra los piratas.
Lo mataron en la barca, antes de tocar tierra, mientras su mujer, Cornelia, lo veía todo desde el barco. Tenía cincuenta y ocho años, y según Plutarco era el día de su cumpleaños. El mismo día de su gran triunfo, años atrás.
Cuando llegó César, le llevaron la cabeza de Pompeyo y su anillo: un león que sostenía una espada. Según Plutarco, apartó la vista y, al ver el anillo, rompió a llorar. Dion dice que muchos se burlaron de él por hipócrita.
El veredicto
Lo que sabemos: Pompeyo tenía un plan que funcionaba, esperar, y lo abandonó por la presión de los suyos. Su plan de batalla también era bueno, pero César lo leyó y lo desmontó con seis cohortes.
Lo que se discute: si César mandó de verdad golpear a la cara, porque él no lo cuenta. Si murieron quince mil o seis mil. Y dónde fue exactamente la batalla, porque el vencedor nunca escribió su nombre.
Lo que no sabremos nunca: qué pensó Pompeyo, sentado en su tienda, mientras oía acercarse la batalla.
Y ahora te toca a ti. Las lágrimas de César ante el anillo de su yerno: ¿sinceras o teatro? Déjamelo en los comentarios del vídeo, que los leo todos. Y si quieres seguir el hilo, en los expedientes tienes todos los monográficos en orden. El próximo: Munda.


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