«Al más fuerte.»
Eso cuentan que respondió Alejandro Magno en Babilonia, en junio del 323 antes de Cristo, cuando sus generales le preguntaron, ya moribundo, a quién dejaba el imperio. Tenía 32 años y no había nombrado heredero.
Y sus generales se lo tomaron al pie de la letra.

Un imperio sin rey
Te pongo un poco en contexto. Alejandro dejaba un imperio desde Grecia hasta la India, un hermanastro con problemas mentales, Filipo Arrideo, y un hijo que todavía no había nacido, el futuro Alejandro IV.
Ninguno de los dos podía gobernar.
Los generales hicieron un apaño: los dos serían reyes, Pérdicas haría de regente y el resto se repartiría las provincias como sátrapas. Ptolomeo se quedó con Egipto. Antígono el Tuerto, con Frigia. Lisímaco, con Tracia.
Antípatro seguía en Macedonia. Y Seleuco, de momento, con poca cosa. Es lo que se conoce como el reparto de Babilonia.
A estos hombres los llamamos diádocos, «los sucesores». Y lo de sucesores es un decir, porque se pasaron los siguientes cuarenta años intentando quitarse el puesto unos a otros.
La Guerra Lamiaca: Atenas lo intenta
Los primeros en moverse no fueron los generales, sino los griegos. En cuanto llegó la noticia de la muerte de Alejandro, Atenas y otras ciudades se rebelaron contra Macedonia. Antípatro salió a pararlos y acabó encerrado en la ciudad de Lamia, en Tesalia. De ahí el nombre: Guerra Lamiaca.
Durante unos meses pareció que Grecia iba a recuperar su libertad. Pero llegaron refuerzos macedonios, la flota ateniense fue destruida y en el 322, en Cranón, los griegos perdieron.
Atenas tuvo que aceptar una guarnición macedonia y cambiar su democracia. Demóstenes, el gran orador antimacedonio, se envenenó antes de que lo capturaran.
Fue, en la práctica, el final de la Atenas libre.
El cadáver más disputado de la historia
Y luego empezó el lío de verdad. Pérdicas quería mandar sobre todos, y los demás se aliaron contra él. Entre medias pasó algo que parece de novela: el cuerpo de Alejandro, que iba camino de Macedonia en un carro funerario lujosísimo, fue desviado por Ptolomeo y llevado a Egipto.
Tener el cadáver del rey daba legitimidad.
Pérdicas invadió Egipto para recuperarlo, fracasó al cruzar el Nilo y sus propios oficiales lo asesinaron en su tienda. Entre ellos, por cierto, estaba Seleuco.

Antígono, el que casi lo consigue
El que estuvo más cerca de reunir todo el imperio fue Antígono el Tuerto, un viejo general de Filipo II, con su hijo Demetrio, apodado Poliorcetes, «el sitiador de ciudades», por sus enormes máquinas de asedio.
Por el camino eliminaron a Eumenes de Cardia, el único griego entre tanto macedonio y probablemente el más listo de todos.
Los demás tuvieron que unirse contra ellos. Mientras, los reyes de mentira fueron cayendo: Filipo Arrideo, asesinado en el 317; Alejandro IV y su madre Roxana, envenenados hacia el 310 por orden de Casandro.
Ya no quedaba nadie de la familia. Así que, en el 306, Antígono se proclamó rey. Y los demás, claro, también.
Ipso, 301 antes de Cristo
La batalla decisiva fue en Ipso, en Frigia, en el 301. Antígono, con más de ochenta años, contra Seleuco, Lisímaco y las tropas de Casandro.
Seleuco traía algo que nadie más tenía: unos 400 elefantes de guerra que le había dado un rey indio a cambio de renunciar a sus territorios del este.
Demetrio cargó con la caballería, persiguió demasiado lejos al enemigo y los elefantes le cerraron el camino de vuelta. Antígono se quedó solo esperando a su hijo. Murió atravesado por las jabalinas.

Lo que salió de aquel caos
Del imperio de Alejandro quedaron tres grandes reinos: el de los Ptolomeos en Egipto (que acabaría con Cleopatra), el de los seléucidas en Asia y el de los antigónidas en Macedonia, porque el hijo de Demetrio recuperó el trono.
Es el mundo helenístico, el que Roma iría devorando pieza a pieza dos siglos después.
No me quiero poner filosófico, pero me fascina que el hombre más poderoso del mundo no se ocupara de lo más básico: decir quién iba detrás. Lo dejó todo «al más fuerte». Y resultó que había varios.
¿Quién crees que fue el mejor de los diádocos? Te leo en los comentarios.


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