Los hititas: el imperio que plantó cara a Egipto y desapareció de la historia

Durante siglos, los hititas fueron solo un nombre.

Aparecían en la Biblia, entre los pueblos de Canaán, y poco más. Nadie sabía que habían sido una de las grandes potencias del mundo.

Hasta que, a finales del siglo XIX y principios del XX, en el centro de Turquía, junto a un pueblo llamado Boğazköy, empezaron a salir murallas, templos y miles de tablillas de barro.

Era Hattusa. La capital de un imperio que la historia había olvidado.

La Puerta de los Leones de Hattusa, la capital hitita. Bernard Gagnon · CC BY-SA 3.0 · Wikimedia Commons

Un pueblo indoeuropeo en Anatolia

Te pongo un poco en contexto. Los hititas hablaban una lengua indoeuropea, la más antigua que conocemos por escrito. Es decir, prima lejanísima del latín, del griego y del castellano.

Cuando el checo Bedřich Hrozný la descifró en 1915, una de las primeras frases que leyó fue algo así como «ahora comeréis pan y beberéis agua».

Y ahí se dio cuenta de que la palabra para agua, watar, se parecía sospechosamente a la nuestra en inglés.

Hacia el 1650 antes de Cristo ya tenían un reino fuerte en la meseta de Anatolia. Y en el 1595, el rey Mursili I hizo algo que nadie esperaba: bajó hasta Babilonia, la saqueó y acabó con la dinastía de Hammurabi.

Luego volvió a casa. No quería quedarse. Solo quería dejar claro quién mandaba.

Suppiluliuma y el gran imperio

El gran momento llegó con Suppiluliuma I, en el siglo XIV antes de Cristo. Destrozó al reino de Mitanni, su gran rival, y se quedó con el norte de Siria. Los hititas pasaron a ser, junto a Egipto, Babilonia y Asiria, uno de los cuatro grandes del mundo.

Hay una anécdota increíble de esos años. Una reina de Egipto, viuda (casi seguro la de Tutankamón), le escribió a Suppiluliuma pidiéndole un hijo para casarse con él y hacerlo faraón. Suppiluliuma no se lo creía y mandó investigar.

Al final envió a un príncipe, Zannanza. Lo mataron por el camino.

Kadesh, la batalla que ganaron los dos

Y entonces llega la batalla más famosa. Kadesh, en la actual Siria, hacia el 1274 antes de Cristo. De un lado, Ramsés II con su ejército. Del otro, el rey hitita Muwatalli II con miles de carros de guerra.

Los hititas le tendieron una trampa: dos espías hicieron creer a Ramsés que el enemigo estaba lejos.

Mientras, sus carros cayeron sobre una de las divisiones egipcias y casi capturan al faraón. Ramsés se salvó por los pelos, y luego lo contó en los muros de medio Egipto como una victoria gloriosa.

Las fuentes hititas lo cuentan al revés. La verdad es que fue más bien un empate, y que Kadesh siguió siendo hitita.

Tablilla con el tratado de paz entre hititas y egipcios. Osama Shukir Muhammed Amin FRCP(Glasg) · CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons

El primer tratado de paz de la historia

Lo mejor vino después. Unos quince años más tarde, Hattusili III y Ramsés II firmaron un tratado de paz.

Se conservan las dos versiones: la egipcia, grabada en templos, y la hitita, en tablillas de barro. Se prometen no atacarse, ayudarse contra enemigos comunes y devolverse a los fugitivos.

Una copia está hoy en la sede de la ONU en Nueva York. Y, oye, hasta hubo boda: Ramsés se casó con una princesa hitita.

La desaparición

Y luego, hacia el 1180 antes de Cristo, el imperio hitita sencillamente se esfuma. Hattusa es abandonada y quemada. Las tablillas se acaban. Es el gran colapso de la Edad del Bronce, cuando caen a la vez Micenas, Ugarit y medio Mediterráneo oriental.

¿Qué pasó? Sequías, hambrunas, rebeliones, los famosos pueblos del mar, la ruptura del comercio… Probablemente un poco de todo, a la vez.

Aquí me quedé yo con una pregunta: ¿cómo puede desaparecer así un imperio que acababa de negociar de tú a tú con Egipto?

Quedaron unos pequeños reinos neohititas en Siria, y luego, el olvido. Hasta que alguien excavó en Boğazköy.

Te leo en los comentarios.

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