Cuando Justiniano nombró a Belisario comandante en jefe del ejército de Oriente, este tenía poco más de veinticinco años.
Era un oficial joven, de origen tracio, que había servido en la guardia personal del emperador y que se había distinguido en alguna campaña menor en la frontera oriental. No era exactamente el perfil que uno esperaría para tamaña responsabilidad.
Pero Justiniano tenía buen ojo para la gente. O al menos, en este caso concreto, lo tuvo.
La frontera que nadie quería cruzar
La frontera oriental entre el Imperio Romano de Oriente y el Imperio Sassanida llevaba siglos siendo lo que los diplomáticos llaman una zona de fricción permanente y lo que cualquier soldado llamaría un infierno.
Desde el famoso reparto de Armenia del año 390, las líneas apenas habían cambiado.
Dos imperios enormes, separados por una frontera reconocida por ambas partes, sin que ninguno de los dos tuviera intención real de modificarla en profundidad, y sin embargo en guerra constante o a punto de estarlo.
Lo que los mantenía en ese estado de hostilidad crónica no era ninguna ambición territorial concreta.
Era algo más difuso y más peligroso: el orgullo de los dos, los intereses de los intermediarios comerciales, la rapacidad de los gobernadores de provincia, las provocaciones de los aliados árabes, y sobre todo la convicción compartida de que cualquier señal de debilidad sería inmediatamente aprovechada por el contrario.
Procopio, que fue secretario personal de Belisario y por tanto la fuente principal de todo lo que sabemos sobre este periodo, describe con cierto horror la galería de incompetentes y corruptos que poblaban la administración imperial en las provincias orientales.
Casos de gobernadores que provocaban revueltas por su avaricia, guarniciones que se pasaban al enemigo porque les debían la paga, oficiales incapaces de coordinar ninguna acción conjunta.
La situación no era exactamente la de un ejército en condiciones óptimas para enfrentarse al más temible poder militar de su época.

El problema sassanida
El ejército sassanida era, sin discusión, la mejor máquina de guerra de su tiempo en aquella parte del mundo.
Su fuerza descansaba en la caballería: los catafractos, jinetes pesados cubiertos de armadura de escamas de hierro junto con su montura, capaces de cargas devastadoras que ninguna formación de infantería podía resistir en campo abierto.
Complementaban esta fuerza los arqueros a caballo, extraordinariamente móviles, que hostigaban al enemigo desde la distancia antes de que los catafractos entraran en acción.
Frente a eso, el ejército romano de Oriente presentaba un panorama más complejo. No era exactamente un ejército débil: sus legionarios profesionales, según describe el propio Procopio con visible orgullo, eran soldados extraordinariamente versátiles.
Capaces de disparar el arco a caballo, de combatir cuerpo a cuerpo con espada, de mantener una formación de escudos. Nada que ver con las levas de otras épocas.
El problema no era la calidad individual del soldado. Era la estructura: un ejército disperso en docenas de guarniciones a lo largo de una frontera enorme, sin capacidad de concentración rápida, dirigido por oficiales que rara vez conseguían actuar de forma coordinada.
Los persas podían golpear con masa en un punto concreto antes de que los romanos reunieran fuerzas suficientes para responder.

La guerra que no era una guerra
Lo que se desarrollaba en la frontera oriental no era exactamente una guerra convencional.
Era más bien una sucesión de golpes y contragolpes, asedios interminables, golpes de mano, incursiones de castigo y negociaciones que se rompían en cuanto una de las partes creía tener la oportunidad de sacar algo más por las armas.
Los romanos habían aprendido a sobrevivir en ese entorno. Su gran ventaja era la ingeniería militar: una red densa de fortalezas y ciudades amuralladas a lo largo de la frontera que los persas podían tomar una a una, pero que nunca podían dejar a su espalda sin riesgo.
Cuando el impulso ofensivo sassanida se agotaba, los romanos recuperaban lo perdido. Era un empate crónico que ninguno de los dos podía resolver.
El punto más irritante de esta situación, para los persas, era la fortaleza de Dara. El emperador Anastasio la había levantado a solo diecisiete kilómetros de Nisibis, la gran ciudad fronteriza sassanida, en flagrante violación de los tratados vigentes.
Era una provocación deliberada, un puño amenazante apoyado en la nariz del vecino. Los persas exigían su demolición antes de cualquier negociación. Los romanos no tenían la menor intención de ceder.
Y ahí estaban, mirándose desde las murallas.
Los árabes, o el tercer elemento
Ningún análisis de este conflicto está completo sin mencionar a los aliados árabes de ambas partes, a los que las fuentes llaman sarracenos de forma genérica.
Tanto el Imperio Romano como el Sassanida mantenían tratados con las tribus del desierto que servían de colchón entre los dos: los romanos pagaban a los jefes tribales prorromanos para que mantuvieran tranquilas las provincias fronterizas; los persas hacían lo mismo con los suyos.
El problema era Alamundaro. Este jeque árabe, durante cincuenta años, prestó innumerables servicios a los persas atormentando la frontera romana con razias que obligaban a los bizantinos a mantener un ejército de maniobra de más de seis mil hombres permanentemente desplegado en el área del Líbano.
Conocía la frontera como nadie, nunca se dejó comprar por los romanos pese a las ofertas recibidas, y fue él quien aconsejó a los persas el gran cambio estratégico que resultaría devastador para Siria: abandonar la Mesopotamia bien defendida y rodear por el desierto hacia la mucho más vulnerable Siria romana.
Justiniano intentó contrarrestar esto reorganizando los aliados árabes en dos grandes agrupaciones bajo los jeques Aretas y Abocárabo, con la misión de vigilar la frontera desde Palestina hasta el Golfo Arábigo.
No era una solución elegante, pero era lo que había.
El trasfondo real: los celos de Cosroes
El verdadero motivo de fondo de las grandes guerras que estaban por venir tiene poco que ver con la fortaleza de Dara o con las razias de Alamundaro.
Tiene que ver con algo más sencillo y más humano: los celos del rey persa Cosroes I.
Mientras la frontera oriental permanecía en ese empate crónico de siempre, Justiniano estaba usando a Belisario para conquistar medio mundo occidental. Africa, Italia, el Mediterráneo.
El nombre de Belisario llenaba las crónicas de victorias espectaculares. Un Imperio Romano que todo el mundo daba por moribundo estaba resucitando de forma inquietante.
Cosroes lo observaba con atención creciente. Y en cuanto tuvo la más mínima excusa, desató una guerra que Justiniano no podía sostener en igualdad de condiciones porque tenía sus mejores generales y sus mejores ejércitos al otro lado del mundo.
Lo que vino a continuación fue la prueba definitiva de lo que Belisario podía hacer con los medios que tenía. Que no eran muchos.


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