Hay ciudades que desaparecen y nadie las recuerda.
Y hay ciudades que desaparecen y se convierten en leyenda.
Numancia pertenece al segundo grupo.
En el año 133 a. C., un ejército romano de casi sesenta mil soldados rodeó una pequeña ciudad celtíbera en lo que hoy es la provincia de Soria. La cercaron durante más de un año. Cortaron los suministros. Levantaron murallas, torres y fosos alrededor de un perímetro de nueve kilómetros. Esperaron.
Y los numantinos no se rindieron.
Eligieron otra cosa.
Por qué Numancia me tiene obsesionado
Confieso que llegué a Numancia por un desvío.
Estaba leyendo sobre Tiberio Graco, ese tribuno que encendió Roma y que tuvo que negociar la paz en Numancia como cuestor antes de que todo se complicase, y de repente aparecía esta ciudad: pequeña, celtíbera, rodeada de enemigos, y capaz de resistir durante años a la potencia militar más formidable del Mediterráneo.
Tuve que parar.
¿Cómo es posible que una ciudad de unos pocos miles de habitantes aguante durante veinte años frente a Roma?
No es una sola historia. Es una acumulación de historias. Un pueblo que aprendió, se reorganizó, volvió a pelear y volvió a ganar.
Hasta que no pudo más.
Quiénes eran los numantinos
Numancia era una ciudad celtíbera situada sobre un cerro en la confluencia de los ríos Duero y Merdancho, en la Meseta Norte.
No era una gran metrópoli. En el momento del asedio, sus habitantes probablemente no llegaban a diez mil personas, incluyendo mujeres, niños y ancianos. Combatientes en condiciones de luchar: quizá cuatro o cinco mil.
Los celtíberos no eran los bárbaros primitivos que las fuentes romanas trataron de pintar. Eran guerreros experimentados, con una metalurgia avanzada, una sociedad compleja y una capacidad táctica que sorprendió repetidamente a los mejores generales de Roma.
La falcata, esa espada curva tan característica de los guerreros peninsulares, no era simplemente un arma para dar golpes brutales. Era una herramienta sofisticada, versátil, pensada para quien sabía usarla con precisión.
Y los numantinos sabían.
Veinte años resistiendo: cómo Numancia derrotó a Roma una y otra vez
Lo que no suele contarse bien es que Numancia no cayó a la primera.
Ni a la segunda. Ni a la tercera.
El conflicto entre Roma y Numancia se prolongó durante casi dos décadas. Y durante ese tiempo, los romanos no salieron precisamente bien parados.
153 a. C.: El cónsul Quinto Fulvio Nobilior llega a Hispania con un ejército de treinta mil hombres y elefantes de guerra. Numancia le inflige una derrota humillante. Los elefantes entran en pánico, se vuelven contra sus propios soldados, y los romanos huyen.
137 a. C.: El cónsul Hostilio Mancino queda atrapado con su ejército en campo abierto. La situación es tan desesperada que tiene que negociar. El cuestor que cierra ese acuerdo de paz se llama Tiberio Sempronio Graco, hijo de un hombre que los numantinos conocían bien y respetaban. La paz se firma entre iguales.
El Senado romano la rechaza. Consideran la rendición una deshonra y entregan al propio Mancino a los numantinos para que lo juzguen. Los numantinos, con una ironía brutal, se niegan a aceptarle y lo devuelven.
Nadie sabe muy bien qué hacer con eso.
Lo cierto es que Numancia sigue en pie, indomable, y Roma tiene un problema serio.
Escipión Emiliano: el hombre que finalmente la destruyó
Para resolver ese problema enviaron al mejor.
Publio Cornelio Escipión Emiliano, el mismo hombre que había arrasado Cartago trece años antes, llegó a Hispania en el 134 a. C. con plenos poderes y un ejército reorganizado.
Escipión entendió algo fundamental: Numancia no podía tomarse por asalto. Era demasiado bien defendida, los numantinos luchaban demasiado bien y el terreno favorecía al defensor.
Así que no lo intentó.
Lo que hizo fue rodearla por completo.

Levantó siete campamentos alrededor de la ciudad, unidos por un muro de circunvalación de nueve kilómetros con torres cada treinta metros. Instaló maquinaria en el río para impedir que nada entrara o saliera por el agua. Cerró todos los accesos.
Y esperó.
Los numantinos intentaron salir varias veces. Cada vez fueron rechazados. Los suministros se agotaron. El hambre se instaló. Los meses pasaron.
Catorce meses después de iniciado el cerco, los supervivientes se rindieron.
Lo que ocurrió al final
Las fuentes antiguas hablan de escenas que resulta difícil leer.
Hambre extrema. Personas que murieron antes de ver la rendición. Familias enteras que optaron por suicidarse antes de entregarse. Algunos numantinos quemaron lo que quedaba de sus casas.
Escipión tomó a los supervivientes. Eligió a cincuenta de ellos para su desfile triunfal en Roma. El resto fue vendido como esclavo. La ciudad fue arrasada hasta los cimientos.
Escipión recibió el cognomen de Numantinus. Como antes había recibido el de Africanus.
Era una forma de decir: soy el hombre que destruyó las cosas que Roma no podía destruir.

Por qué Numancia importa todavía
Aquí está la pregunta que siempre me hago con estos episodios.
¿Por qué seguimos hablando de Numancia más de dos mil años después?
No fue la ciudad más grande del mundo antiguo. No fue la resistencia más larga de la Historia. Tampoco terminó bien.
Pero hay algo en esta historia que no suelta.
Quizá es la desproporción. Una ciudad pequeña frente al mayor ejército del mundo conocido. Un pueblo que decidió que ciertas cosas valían más que la supervivencia.
Quizá es la ironía de que Roma, que presumía de construir imperios, necesitó a su mejor general y más de un año de asedio para vencer a unos miles de personas atrincheradas en un cerro.
O quizá es simplemente que Numancia nos recuerda algo que preferimos olvidar: que la Historia no la escriben solo los que ganan. La escribe también el obstáculo que tardaste veinte años en superar.
La España moderna ha utilizado a Numancia como símbolo en muchas épocas y con muchos propósitos distintos. A veces de formas que habrían resultado bastante extrañas para los propios numantinos, que no eran exactamente españoles en el sentido moderno de la palabra.
Pero la imagen pervive. El adjetivo «numantino» sigue usándose hoy para describir una resistencia que se sostiene más allá de lo razonable.
Eso es mucho para una ciudad que lleva más de dos mil años enterrada bajo la tierra de Soria.
Si quieres saber más
El yacimiento arqueológico de Numancia está en Garray, a unos cinco kilómetros de Soria. Es visitable. También existe el Museo Numantino en la propia ciudad de Soria, con una colección bastante completa de los objetos encontrados durante las excavaciones.
Para los que prefieren las letras, los trabajos de Francisco Burillo sobre los celtíberos ofrecen un contexto muy sólido. Y si quieres algo más narrative, la historia de Numancia como trasfondo aparece en varios episodios del mundo romano tardorrepublicano que iremos explorando aquí.
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Un abrazo.
PD: Escipión tardó catorce meses y sesenta mil soldados en vencer a una ciudad de unos pocos miles de habitantes. Y aun así es él quien pone el nombre de Numancia en su corona de laurel. Algo me dice que sabía perfectamente quién había ganado realmente esa batalla.
PD2: La próxima vez que alguien diga que la Meseta castellana no tiene historia… Numancia. Solo hace falta decir Numancia.
Si prefieres escuchar esta historia, aquí tienes el episodio completo del podcast:
📚 Lecturas recomendadas
Si quieres profundizar en esta historia, estos son algunos libros que te recomiendo:
- Numantia: Sangre y Fuego — Santiago Díaz Morlán
- Africanus, hijo del cónsul — Santiago Posteguillo
- SPQR: Historia de la antigua Roma — Mary Beard
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