Marco Antonio y la invasión pártica (I): El nuevo amo de Oriente

Filipos, otoño del 42 a.C. Bruto ha muerto. Casio ha muerto. La República, en la práctica, también. Dos hombres que se desprecian mutuamente se quedan solos frente a un mundo que hay que reorganizar desde cero.

Marco Antonio tiene cuarenta años. Ha ganado la guerra. Y ahora le toca lidiar con Oriente.

El reparto del mundo

Un año antes de Filipos, en noviembre del 43 a.C., los tres triunviros se habían reunido en una isla del río Lavinio, entre Bononia y Mutina, y en tres días se repartieron el mundo romano.

El acuerdo tomó forma legal a través del tribuno Publio Titio: el cargo se llamaría tresviri rei publicae constituendae, con poderes dictatoriales por cinco años. La dictadura como tal había sido abolida formalmente un año antes, así que necesitaban una etiqueta nueva para el mismo producto.

El primer reparto dio las Galias a Antonio, Hispania y la Narbonense a Lépido, y las islas del Tirreno más África a Octaviano. Lépido era el socio menor de la operación: útil por sus ejércitos y sus contactos con la aristocracia, pero sin peso real en las decisiones.

Tras Filipos, el reparto se reconfiguró. Octaviano se quedaría en Italia para gestionar el problema de Sexto Pompeyo y repartir tierras entre los veteranos.

Marco Antonio viajaría a Oriente: reorganizar las provincias, perseguir a los últimos cómplices del asesinato de César, y recaudar el dinero que necesitaban para pagar a cuarenta y tres legiones.

Marble bust of Mark Antony (Vatican Museums)
Marco Antonio (Museos Vaticanos). Hombre de enorme carisma, impulsivo hasta el exceso y con una generosidad que le costó más de una guerra.

El reto de Oriente no era menor.

Después de años de guerra civil, las provincias estaban agotadas. Casio y Bruto las habían exprimido. Antes que ellos, Craso y sus sucesores. Los habitantes de esa parte del Imperio tenían muy poca paciencia con los recaudadores romanos y bastante experiencia en los peores que podían enviarles.

El romano que amaba a los griegos

Marco Antonio pasó el invierno en Grecia. Y aquí es donde se ve que el hombre tenía talento político cuando se lo proponía.

En lugar de instalarse como conquistador, se integró. Participaba en charlas filosóficas con los eruditos locales, asistía a los juegos, actuaba como árbitro justo.

Los griegos, que nunca habían sentido demasiado respeto por Roma, lo apodaron Filohelenoi, amigo de los griegos.

No era una pose. Antonio había estudiado en Grecia de joven, antes de empezar su carrera militar a las órdenes de Aulo Gabinio. Entendía que con los griegos no funcionaba la demostración de fuerza: ellos consideraban su civilización muy por encima de la romana, y no les faltaba razón histórica para ello.

Si querías su colaboración, tenías que ganártela de otra manera…

Al llegar la primavera del 41 a.C. se desplazó a Éfeso. Su primer acto oficial fue un sacrificio a Ártemis, diosa de la ciudad.

Luego perdonó a todos los antiguos republicanos refugiados en el templo, salvo a quienes habían participado directamente en la muerte de César, con quienes fue inflexible. El mensaje era claro: si habías colaborado con los asesinos por miedo o conveniencia, había perdón. Si habías empuñado el cuchillo, no.

Far view of the ancient city of Ephesus (15692632034)
Éfeso, una de las ciudades más ricas del Oriente romano. Marco Antonio la convirtió en su base de operaciones para reorganizar las provincias asiáticas.

Luego convocó a los representantes de las ciudades griegas y de Asia Menor.

Necesitaba dinero, lo sabían todos. Pero no iba a repetir los errores de Casio, que había exprimido tanto a las provincias que las había dejado al borde de la revuelta.

Antonio les pidió lo mismo que ya habían pagado a los republicanos, escuchó sus quejas, y al final les concedió pagar en más tiempo. Era un hombre que entendía que una provincia arruinada no te paga el año que viene.

Su vida privada en Éfeso era otra historia. Vino, músicos, bailarines, comediantes y mujeres.

El apodo de «Baco el benéfico y melífluo» que le pusieron los efesios lo resume bastante bien. Pero mientras él organizaba sus juergas, las provincias funcionaban y el dinero llegaba. Sus contemporáneos lo criticaban. Las provincias, que habían conocido gobernadores mucho peores, lo soportaban con alivio relativo.

El caos de Judea

Siria y Judea eran otra cosa.

Allí la situación era una acumulación de décadas de rencores religiosos, dinásticos y políticos que ningún romano había conseguido resolver del todo.

La historia reciente de Judea se podía resumir así: la dinastía asmonea llevaba generaciones destruyéndose a sí misma en guerras civiles. Fariseos contra saduceos. Hermanos contra hermanos.

La llegada de Pompeyo en el 63 a.C. había zanjado el conflicto más inmediato con la incorporación del reino a la provincia de Siria, pero el resentimiento seguía latente.

El hombre que había salido ganando de ese desastre era Antípatro, un idumeo astuto que había apostado siempre por el bando romano de turno: primero por Pompeyo, luego por César.

Con César consiguió la ciudadanía romana, el cargo de procurador de Judea y carta blanca para gobernar en la sombra a través del títere legítimo de Hircano II, que llevaba la etiqueta de Etnarca y Sumo Sacerdote pero no pintaba nada en la práctica.

Los hijos de Antípatro, Fasael y Herodes, habían heredado ese esquema.

Herodes gobernaba Galilea, Fasael Jerusalén, y Hircano se encargaba de las ceremonias religiosas. El problema era que los judíos, xenófobos por tradición y con razones de sobra para serlo, no aceptaban de buen grado que les gobernaran idumeos, y menos con una madre árabe nabatea.

Cuando Casio se marchó de Siria rumbo a Filipos, los enemigos de los idumeos vieron su oportunidad. Se levantaron en varios frentes simultáneos: en Jerusalén, en las fortalezas del interior, en Galilea.

Detrás de todo estaba Antígono, el último heredero legítimo de la dinastía asmonea, financiado desde Calcidicia y esperando que el caos le abriera el camino al trono.

Herodes y Fasael aplastaron todas las revueltas. Herodes, especialmente, demostró una capacidad militar que fue consolidando su posición. Se prometió con Mariame, nieta de Hircano e hija de la rama asmonea rival, para darse una pátina de legitimidad dinástica. Un movimiento inteligente que no convenció a casi nadie pero que al menos le daba un argumento formal.

Marco Antonio en Siria

Cuando Antonio llegó a Siria, los partidarios de Antígono aprovecharon para presentarse ante él y denunciar la ilegitimidad de los idumeos.

No sirvió de nada: Herodes le había llegado antes con un soborno y con el recuerdo de que su padre Antípatro había sido un huésped excelente durante la estancia de Antonio en Siria a las órdenes de Gabinio.

Antonio era brutal con sus enemigos y leal con sus amigos hasta extremos que a veces le complicaban la vida. Nombró tetrarcas a los dos hermanos y mandó callar a los embajadores.

Los embajadores no callaron. Primero cien cargos públicos en Dafne, cerca de Antioquía. Luego mil enviados en Tiro. Antonio perdió los nervios dos veces, ordenó arrestos, luego ejecuciones, luego una carga de sus soldados contra la delegación. Varios embajadores murieron. El resto huyó a Jerusalén a soliviantar la ciudad. Antonio ordenó ejecutar a todos los prisioneros.

El Baco melífluo de Éfeso había desaparecido.

Los judíos habían conseguido sacar lo peor de él, y en Siria se comportó con una dureza que no había mostrado en ninguna otra provincia. Ciudad por ciudad, expulsó a los gobernadores locales que le parecían sospechosos, cargó a la población de tributos y mandó a su caballería a saquear Palmira, enclave comercial neutral que vivía del comercio entre Roma y Partia.

Los de Palmira se enteraron a tiempo, recogieron sus cosas y se trasladaron al otro lado del Éufrates. Cuando la caballería de Antonio llegó, encontraron la ciudad vacía. Volvieron con las manos vacías sin atreverse a cruzar el río.

Cilicia, el río Cidno y una reina que sabe lo que hace

Antes de todo eso, había ocurrido algo en Cilicia que Antonio no conseguía sacarse de la cabeza.

Había mandado llamar a Cleopatra VII para pedirle explicaciones sobre su comportamiento durante la guerra civil. La reina de Egipto había sido ambigua, y Antonio necesitaba saber con quién contaba al este del Mediterráneo.

Cleopatra entendió perfectamente lo que se esperaba de ella y decidió presentarse de la única manera que tenía sentido: con todo el peso de Egipto detrás.

Galera de popa dorada, velas de púrpura, remos de plata que se movían al son de flautas y cítaras. La tripulación y los sirvientes, engalanados. Ella misma, en el centro de todo. Por el río Cidno, con las dos orillas llenas de gente que había salido a ver el espectáculo.

Ptolemaic Queen (Cleopatra VII?), 50-30 B.C.E., 71.12
Posible retrato de Cleopatra VII (50-30 a.C.). No era célebre por su belleza física sino por su inteligencia, su cultura y un don para la conversación que Plutarco describe como irresistible.

Antonio la invitó a cenar en el palacio. Ella respondió que mejor venía él al barco. El romano aceptó. Esa noche, y la siguiente, quedó tan fuera de juego que fue el primero en reírse de lo torpe y rústico que parecía al lado de ella.

Plutarco, que es nuestra mejor fuente para estos episodios, se encarga de aclarar que Cleopatra no era particularmente bella en el sentido físico.

Lo que tenía era otra cosa: una inteligencia enorme, una cultura que le permitía hablar con cualquiera en su propio idioma, y una manera de hacer que su interlocutor sintiera que era la persona más interesante del mundo.

Era una mujer que había sobrevivido a una guerra civil, a un hermano que quería matarla y a la muerte de César, y que ahora necesitaba a Antonio tanto como él la necesitaba a ella.

Lo convenció de matar a su hermanastra Arsínoe, que era un foco potencial de desestabilización para Egipto. Y Antonio, que tenía cuarenta años y había visto muchas guerras, se marchó a Alejandría en lugar de quedarse supervisando sus tropas en Siria mientras los partos esperaban al otro lado del Éufrates.

Eso, como veremos en la siguiente parte, iba a tener consecuencias.


Marco Antonio y la invasión pártica (II): Los partos atacan


Comentarios

Una respuesta a «Marco Antonio y la invasión pártica (I): El nuevo amo de Oriente»

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