Julio César ya era rey en todo menos en el nombre (y por eso lo mataron)

Todo el mundo sabe que Julio César fue dictador. Pero casi nadie sabe lo que eso significa realmente.

Dictador en Roma no era lo que entendemos hoy. Era una magistratura legal, constitucional y temporal: máximo 6 meses, convocada en momentos de crisis, y luego a casa. Durante toda la República hubo unas 85 dictaduras. Cincinato estuvo 11 días como dictador, resolvió la crisis y volvió a labrar sus tierras.

César empezó igual. Acabó siendo dictador perpetuo.

De 11 días a rey sin corona

Busto de Julio César en la Galería Uffizi
Busto de Julio César conservado en la Galería Uffizi de Florencia.

Cuatro dictaduras en seis años. Esa es la trayectoria de César.

La primera, en el 49 antes de Cristo, duró 11 días. Cruzó el Rubicón en enero, llegó a Roma con los dos cónsules huidos con Pompeyo, y se autoproclamó dictador para nombrar nuevos cónsules y mantener el orden. Once días. Misión cumplida.

La segunda, en el 48, fue por un año. Dictador y cónsul a la vez, algo que en principio no era compatible.

La tercera, en el 46, fue por diez años. Aquí ya se rompió definitivamente el principio de los seis meses.

La cuarta, en febrero del 44, fue para siempre. Dictador perpetuo. Un mes después lo mataron.

Un superviviente que no tenía un plan fijo

Lo que más me sorprendió al hablar sobre este periodo es esto: César no tenía un programa político claro desde el principio.

Era un superviviente. Se fue adaptando a las circunstancias. Jugó siempre a dos aguas: con la oligarquía cuando la necesitaba, con el pueblo cuando le convenía. Lo que buscaba desde el principio era dignidad y autoridad, la Auctoritas y la Dignitas romanas. No necesariamente ser rey.

Pero cuando tienes el poder absoluto en la mano, es difícil no usarlo.

Lo que hizo con el poder: reformas que cambiaron Roma

Una vez terminada la guerra civil, César se puso a trabajar. Y trabajó en serio.

Amplió el Senado de 600 a 900 miembros, metiendo por primera vez senadores de la Galia y de Hispania. Los senadores de vieja alcurnia se reían de los nuevos, que ni sabían dónde estaba la curia. César se reía de ellos.

Concedió la ciudadanía romana a toda la Galia Cisalpina, es decir, al norte de Italia hasta el Po. Asentó a más de 80.000 veteranos y plebeyos pobres en colonias fuera de Italia. Acabó con el abusivo sistema de arrendamiento de impuestos en las provincias y lo sustituyó por cuotas fijas y directas.

Redujo el subsidio del grano a la mitad, de 320.000 a 150.000 beneficiarios, porque había demasiados listillos aprovechándose del sistema.

Reformó el calendario. El que usamos hoy, con sus 365 días y el año bisiesto, es el calendario juliano. Lo definió en el 46 antes de Cristo.

Y construyó el Foro de César, con el templo de Venus Genetrix en el centro. No por capricho: la Gens Julia, su familia, decía descender de Venus. La arquitectura como propaganda.

El primer hombre vivo en una moneda romana

Aquí está uno de los gestos que más irritó al Senado.

Julio César fue la primera persona en vida que acuñó moneda con su propio rostro en Roma. Nunca antes se había hecho. Las monedas llevaban dioses, templos, alegorías, victorias militares. Pero la cara de un hombre vivo era cosa de reyes. De monarcas helenísticos.

En Roma, la palabra Rex era un tabú desde el 509 antes de Cristo, cuando echaron al último rey. Y César estaba poniendo su cara en cada moneda que circulaba por el Imperio.

Como dicen en el podcast: el WhatsApp de la época. Todo el mundo tenía esas monedas en la mano. Todo el mundo veía la cara de César cada vez que pagaba.

Las Lupercales: el teatro más estudiado de la historia

El último senado de Julio César
El último senado de Julio César, pintura de Raffaele Giannetti.

Febrero del 44. Las fiestas de las Lupercales. Marco Antonio, su mano derecha, intenta ponerle una corona a César tres veces.

Las tres veces la rechaza. Dice que en Roma el único rey es Júpiter y ordena llevar la corona al templo. La plebe lo aclama.

¿Fue espontáneo? Casi nadie lo cree. Fue teatro político calculado. César necesitaba callar los rumores de que quería instaurar una monarquía helenística. Un gesto público de rechazo, aplaudido por el pueblo, valía más que mil discursos.

El problema es que ese mismo mes, en febrero del 44, fue nombrado dictador perpetuo. El gesto de las Lupercales y la dictadura vitalicia en el mismo mes. Difícil conciliar los dos mensajes.

Por qué lo mataron: lo que había hecho y lo que iba a hacer

La muerte de Julio César por Camuccini
La muerte de Julio César, detalle de la pintura de Vincenzo Camuccini.

Los conjurados actuaron por dos motivos, no por uno.

Por lo que ya había hecho: al nombrarse dictador perpetuo, César había destruido en la práctica la República. Había despojado al Senado de poder real. Había aceptado honores casi divinos. Había humillado a la aristocracia romana en público.

Y por lo que iba a hacer: tenía programada una campaña contra los partos para el 18 de marzo. Tres días después de los Idus. Los libros sibilinos decían que solo un rey podría vencer a los partos. Si César volvía victorioso de Oriente, no habría manera de frenarle.

Bruto y Casio, los líderes de la conspiración, habían sido perdonados por César después de la guerra civil. Esa era la famosa Clementia Caesaris. El problema es que creyeron que muerto el perro se acababa la rabia. Se equivocaron.

César fracasó en la forma. Augusto salvó el fondo.

Esta es la parte que más me gusta de esta conversación.

El proyecto de César no fracasó en su esencia. Fracasó en su forma de ejecutarlo. Fue demasiado transparente, demasiado arrogante. Hacía evidente que la República había muerto. Y eso los senadores no lo podían tolerar.

Augusto hizo exactamente lo mismo, pero con otra envoltura. No se llamó dictador ni rey. Se llamó Princeps, el primero entre iguales. Conservó el Senado, los cónsules, las elecciones. Todo vacío de poder real, pero con la forma intacta.

César fue el arquitecto. Augusto fue el que construyó el edificio sin que se notara.

Roma toleró lo que Augusto le ofreció porque tenía la envoltura que César nunca quiso ponerse.


Lecturas recomendadas

Para entrar en la dictadura de César desde los clásicos, Suetonio y Plutarco son el mejor punto de partida. Suetonio en su Vida de los doce Césares es brutal, directo y lleno de anécdotas que no encontrarás en otro sitio.

Si quieres una biografía moderna rigurosa y accesible, estas son las referencias:

Rubicón: Auge y caída de la República Romana (Tom Holland)

César (Adrian Goldsworthy)

Si quieres entender mejor el ascenso y caida de César, Rubicón de Tom Holland es uno de los mejores libros que he leído sobre el final de la República. Te atrapa desde la primera página.

Y si te interesa el contexto más amplio de las guerras civiles, SPQR de Mary Beard es una introducción magistral a Roma que ningún aficionado a la historia antigua debería perderse.


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