Augusto: el joven que convirtió Roma en Imperio

Cuando pensamos en Augusto, tendemos a imaginarnos al anciano.

Al primer emperador de Roma ya consolidado en el poder, rodeado de mármol, de estatuas que lo retratan con el brazo extendido y esa mirada serena que comunica exactamente lo que él quería que comunicase: autoridad, paz, legitimidad.

Pero ese Augusto llegó después.

Antes hubo un niño que nació en el año más convulso posible. Un adolescente que perdió a su padre antes de conocer a su tío abuelo más famoso. Un joven que en cuestión de meses pasó de ser un chico de familia acomodada pero sin gran relevancia política a convertirse en el heredero de Julio César.

De esa transformación hablamos en el último episodio de Ecos del Imperium, junto a Sandra Parente y Adrián, dos de las personas con las que más disfruto charlando sobre Roma. Y como siempre pasa en estas conversaciones, lo que empieza como un repaso a los datos conocidos termina siendo algo bastante más interesante.

Estatua de Augusto de Prima Porta, Museos Vaticanos. Dominio público.
Estatua de Augusto de Prima Porta, Museos Vaticanos. Dominio público.

Nacer en el peor momento posible (o quizás en el mejor)

Cayo Octavio nace en septiembre del año 63 a. C.

Si ese año te suena, es porque fue el año de la Conjura de Catilina. Roma estaba literalmente al borde de una revolución interna. Cicerón era cónsul, los conjurados planeaban tomar el poder por la fuerza y la República, que ya llevaba décadas mostrando grietas, estaba a punto de vivir uno de sus momentos más tensos.

Nacer ahí no fue casualidad, evidentemente. Pero sí dice algo sobre el tiempo que le tocó vivir.

Una época en la que los ejércitos habían dejado de ser ciudadanos armados y se habían convertido en instrumentos personales de los hombres que los pagaban. Una época en la que Mario, Sila, Pompeyo y César habían demostrado que, si tenías tropas detrás, podías hacer prácticamente lo que quisieras.

El suelo de la República ya llevaba mucho tiempo agrietado cuando Octavio llegó al mundo.

La familia que nadie recuerda

Aquí hay algo que me parece importante y que no siempre se cuenta bien.

Octavio no nace en una familia patricia de rancio abolengo. Su padre, Cayo Octavio, pertenecía a la gens Octavia, una familia del orden ecuestre. Un escalón por debajo de la aristocracia tradicional romana.

No eran nadie de la calle, que conste. Su padre llegó a ser pretor y gobernador de Macedonia. Tenían medios, conexiones, una posición respetable. Pero no eran los Julios, ni los Emilios, ni los Cornelios.

Y sin embargo, ahí estaba la conexión.

Su madre, Atia, era sobrina de Julio César. Es decir, Octavio pertenecía al entorno familiar del hombre más importante de Roma, pero por vía materna, que en la sociedad romana del patriarcado era un vínculo importante pero secundario.

Nadie estaba pensando en Octavio como sucesor de César.

Nadie, excepto quizás César mismo.

Retrato escultórico del joven Octaviano, Museos Vaticanos. Dominio público.
Retrato escultórico del joven Octaviano, Museos Vaticanos. Dominio público.

Los nombres que lo explican todo

Una de las cosas que más me gustó de la charla con Sandra y Adrián fue la forma en que desmenuzaron los nombres de Augusto.

Porque los nombres en Roma no eran solo etiquetas. Eran una declaración de intenciones.

Octavio nace como Cayo Octavio Turino. El Turino, según algunos, podría venir de una victoria de su padre sobre esclavos fugitivos en la zona de Turios. O de un rasgo familiar. En cualquier caso, identifica una rama dentro de su gens.

Pero ese nombre va cambiando.

Cuando César lo adopta en su testamento, Octavio se convierte en Cayo Julio César Octaviano. El apellido Octaviano lo mantiene para recordar su origen, pero ahora lleva el nombre de los Julios. Lleva el nombre de César.

Y cuando el Senado le concede el título de Augusto en el 27 a. C., cierra la transformación.

Ya no es Octavio ni Octaviano. Ya no es simplemente el heredero de César. Es Augusto.

Un nombre que no existía antes de él. Un nombre inventado para él. Un nombre que significaba, más o menos, algo así como «el que merece veneración».

No está mal para alguien que no era patricio.

Crecer sin ver a César

Hay otra cosa curiosa que surgió en el episodio y que me pareció fascinante.

Octavio casi no conoció a César en su infancia.

César pasaba la mayor parte del tiempo fuera de Roma. Las Galias, Egipto, las guerras civiles. El tío abuelo famoso era, para el joven Octavio, alguien del que todo el mundo hablaba pero al que apenas veía.

Hasta los doce años, Octavio se crió con su abuela Julia, no con sus padres. Y cuando murió su abuela, fue su primer acto público: pronunciar el discurso fúnebre. Con doce años. Ante un público adulto.

No es un dato menor. Hablar bien en Roma era poder. Y Octavio ya demostraba desde muy joven que sabía cómo presentarse ante los demás.

Todavía con quince años, cuando recibió la toga viril, el joven Octavio todavía no conocía bien a César.

Esa relación llegaría después. Y cuando llegó, lo cambió todo.

La Roma que ya no era República

Lo que más me quedé pensando después de la charla es en el contexto que rodeó toda la vida de Octavio.

Él no vivió la República en su época de esplendor. Nació cuando ya estaba rota. Se hizo adulto mientras César la terminaba de romper. Y cuando le tocó gobernar, decidió no restaurarla sino reinventarla con otro nombre.

Porque eso fue exactamente lo que hizo Augusto.

No instauró un rey. No llamó a su poder monarquía. Siguió usando los títulos republicanos, mantuvo el Senado, conservó las formas. Pero concentró en su persona el control del ejército, las provincias más conflictivas y la propaganda.

El Principado de Augusto fue, en el fondo, una monarquía con traje republicano.

Y funcionó durante décadas porque fue lo suficientemente inteligente como para no llamarlo por su nombre.

Denario romano con el retrato de Augusto. Dominio público.
Denario romano con el retrato de Augusto. Dominio público.

Y ahora os lanzo la pregunta:

¿Creéis que Augusto fue un genio político o simplemente el hombre en el lugar correcto en el momento correcto?

Os leo en comentarios.

Un abrazo,
Enrique

P. D. En el episodio también hablamos de la serie Roma de HBO, de cómo retrata al joven Octaviano y de qué tiene de real y qué tiene de ficción. Si aún no la has visto… qué estás esperando.


Lecturas recomendadas

Si quieres profundizar en la vida de Augusto, estos son algunos libros que te recomiendo:

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Los idus de marzo: cuando todo cambia

Octavio tenía dieciocho años cuando mataron a César.

Estaba en Apolonia, en la actual Albania, estudiando retórica y artes militares, cuando le llegó la noticia. El 15 de marzo del 44 a.C., un grupo de senadores apuñaló a Julio César en el teatro de Pompeyo. Veintitrés puñaladas. Y de repente, el hombre que lo había adoptado en su testamento ya no estaba.

Lo que hizo Octavio en ese momento lo define todo. No se paralizó. No lloró en público. Cruzó el Adriático, fue a Roma, y reclamó su herencia. Con dieciocho años. Frente a Marco Antonio, que era cónsul, tenía el ejército y llevaba décadas en política. Y frente a los conspiradores, que creían haber salvado la República.

Nadie lo vio venir.

El Segundo Triunvirato: aliados de conveniencia

Durante un par de años, Octavio jugó un juego complicadísimo. Se alió con el Senado contra Marco Antonio. Luego se alió con Marco Antonio y Lépido para vengarse de los asesinos de César. Formaron el llamado Segundo Triunvirato, y entre los tres se repartieron el mundo romano.

Fue una época brutal. Las listas de proscripción, en las que los triúnviros condenaban a muerte a sus enemigos y confiscaban sus bienes, llenaron Roma de terror. Cicerón, el gran orador de la República, murió en esas purgas. Su cabeza y sus manos fueron expuestas en el Foro. Era el fin de una época.

Pero Octavio estaba aprendiendo. Aprendiendo a usar el miedo, a construir alianzas, a esperar el momento. Si te interesa entender el ambiente político de esos años, la Conjuración de Catilina te da una idea perfecta de cómo de volátil era la República romana en sus últimas décadas.

Actium, 31 a.C.: el duelo que decidió el mundo

La alianza entre Octavio y Marco Antonio no podía durar. Eran demasiado parecidos en ambición y demasiado distintos en estilo.

Marco Antonio se fue a Oriente, se enamoró de Cleopatra, reina de Egipto, y empezó a comportarse de una manera que en Roma sonaba a traición: regalaba territorios romanos a los hijos que tenía con ella, participaba en rituales orientales, se dejaba llamar el nuevo Dioniso. Octavio, que era un genio de la comunicación política, lo presentó ante Roma no como una guerra civil (eso habría sido impopular) sino como una guerra contra una reina extranjera que había hechizado a un romano.

El 2 de septiembre del 31 a.C., las flotas se enfrentaron en Actium, en la costa de Grecia. Marco Antonio y Cleopatra huyeron. Meses después, ambos se suicidaron en Alejandría. Octavio tenía treinta y dos años. Y el mundo romano era suyo.

Augusto: cómo gobernar sin llamarse rey

Aquí está el tour de force político de toda la historia romana.

Octavio sabía perfectamente lo que le había pasado a César. Lo habían matado precisamente porque parecía querer ser rey. Así que hizo algo mucho más inteligente: conservó todas las formas de la República. El Senado siguió reuniéndose. Los cónsules siguieron eligiéndose. Los viejos títulos siguieron existiendo.

Pero él acumuló, poco a poco y de forma perfectamente legal, todos los poderes reales. El control del ejército. El gobierno de las provincias más importantes. La autoridad tribunicia, que lo hacía inviolable. El título de Pontífex Maximus, la máxima autoridad religiosa. Y ese nombre nuevo que el Senado le concedió en el 27 a.C.: Augusto. El que merece veneración.

No era rey. Pero mandaba más que cualquier rey.

Bajo su gobierno llegó la Pax Romana: cuarenta y cinco años de relativa estabilidad en los que Roma construyó carreteras, acueductos, templos. Si quieres entender cómo funcionaba la sociedad romana en esa época, este artículo sobre la ciudadanía romana te explica qué significaba exactamente ser ciudadano en el Imperio que Augusto construyó. Y el ejército que mantuvo todo ese orden también se transformó profundamente durante su mandato.

La muerte de Augusto y lo que dejó

Augusto murió el 19 de agosto del año 14 d.C., con setenta y cinco años. Una edad avanzadísima para la época. Había sobrevivido a todo: guerras civiles, enfermedades, conspiraciones, la muerte de todos sus herederos elegidos antes que él.

Sus últimas palabras, según Suetonio, fueron para su mujer Livia: «Livia, recuerda nuestra vida en común. Adiós.» Aunque también se cuenta que preguntó a los que le rodeaban si había representado bien su papel en la comedia de la vida. El personaje hasta el final.

Lo que dejó fue enorme. Un sistema de gobierno que duraría en distintas formas otros cinco siglos. Una ciudad transformada (él mismo dijo que había encontrado Roma de ladrillo y la dejaba de mármol). Y una familia imperial, los Julio-Claudios, que gobernaría durante décadas, con resultados muy dispares. Sobre uno de sus sucesores más controvertidos, Nerón y la relación con su madre Agripina, hay mucho que contar.

Aquí me quedo yo pensando siempre con la misma pregunta: ¿fue Augusto un demócrata frustrado o simplemente el más hábil de los autócratas? No lo sé. Probablemente las dos cosas a la vez. Y eso, en cierta forma, lo hace aún más fascinante.


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