En el año 612 a.C., la ciudad de Nínive, capital del Imperio Asirio, fue asaltada por los ejércitos combinados de Babilonia y Media. Fue quemada, saqueada y abandonada. El rey asirio murió en el asalto. Del mayor Imperio que el mundo había conocido hasta entonces no quedó prácticamente nada en menos de una generación.
La Biblia registra la noticia sin ninguna compasión: de su destrucción, dice, no hubo nadie que se lamentara.
Para entender cómo llegó a ese punto hay que retroceder unas décadas y mirar el reinado del último gran rey asirio.
Asurbanipal y el cénit del Imperio
Cuando Asurbanipal heredó el trono, el Imperio Asirio estaba en su momento de mayor extensión territorial. También en el límite de sus posibilidades.
Décadas de expansión continua habían estirado hasta el máximo los recursos de la nación. Los frentes se multiplicaban en todas direcciones: Elam al este, Caldea al sur siempre en rebelión, los escitas y los cimerios amenazando desde el norte, Egipto al oeste.
Asurbanipal aplastó Egipto dos veces. La segunda vez dirigió personalmente la campaña, llegó hasta Tebas y la saqueó. Dos o tres años después los asirios fueron expulsados definitivamente del país.
El faraón era demasiado lejano, demasiado caro, y no representaba ya ninguna amenaza real para el núcleo del Imperio.
Elam sí representaba una amenaza real: daba cobertura sistemática a todas las rebeliones de la Baja Mesopotamia. Asurbanipal decidió acabar con el problema de raíz.
La batalla del río Ulai fue una victoria aplastante. El rey elamita Teumán fue derrotado y su ejército masacrado a orillas del río. Elam fue invadida, Susa destruida, los campos sembrados con sal. Elam desapareció del panorama político mesopotámico.

El problema es que el vacío dejado por Elam no pudo ser aprovechado por los asirios, que lo rellenaron con principados vasallos. Desde ese vacío emergió una nueva potencia: Persia. Pero eso es una historia que viene después.
Durante cuarenta años de reinado, Asurbanipal mantuvo el Imperio más o menos estable.
Campaña tras campaña contra cimerios en Cilicia, contra los manneos en los Zagros, contra los árabes. Siempre con éxito. Las crónicas celebran cada victoria con la minuciosidad habitual de la cancillería asiria.
Y entonces, en el año 635 a.C., las inscripciones cesan.

El decenio oscuro
Los diez años entre el 635 y el 626 a.C. son uno de los períodos más opacos de la historia mesopotámica. Los registros se interrumpen. Lo poco que sabemos apunta a una acumulación de desastres simultáneos.
Los escitas irrumpen en Siria y Palestina y someten la región a saqueo sistemático.
Los asirios pierden el control de la cadena montañosa de los Zagros, que cede paulatinamente ante los pueblos locales y ante el reino de los medos, que ha emergido como potencia regional durante los años de distracción asiria. En torno al año 631 muere Asurbanipal. Dos de sus hijos se enfrentan en una guerra civil.
En el año 626, Asiria ya no puede imponer un rey a los babilonios. La gran metrópoli mesopotámica se independiza. Un caudillo caldeo llamado Nabopolasar consigue sacudirse el yugo asirio y ser reconocido rey en Babilonia. Los asirios lo atacan entre el 626 y el 623, pero no pueden reducirlo. Nabopolasar sobrevive y consolida su posición.
Las crónicas vuelven a oscurecerse. Cuando reaparecen, en el año 616, han pasado diez años desde la independencia de Babilonia. Babilonia ha pasado a la ofensiva.
Nabopolasar avanza por el Éufrates tratando de cortar las comunicaciones entre Asiria y Egipto, que está enviando tropas para sostener a su antiguo enemigo, ahora aliado por necesidad. Las posiciones avanzadas asirias caen una tras otra.


La caída
En el año 614 a.C., los medos de Ciaxares irrumpen en el corazón de Asiria. Son tierras que no habían visto al enemigo en siglos. La ciudad de Tarbisu es asaltada y destruida.
Nínive es atacada pero sus formidables defensas resisten: los medos no tienen los medios para tomarla por asalto. Siguiendo el curso del Tigris hacia el sur llegan hasta Asur, la capital espiritual de la nación. Asur es asaltada, saqueada y destruida.
En ese momento llega el ejército babilonio, tarde para salvar Asur pero a tiempo para lo que importa. Sobre las ruinas de la ciudad sagrada asiria, Ciaxares y Nabopolasar firman su alianza.
La sella con el matrimonio de Amytis, hija del rey medo, con Nabucodonosor, hijo del rey babilonio. El fin de Asiria está sellado.
El año siguiente, 612 a.C., los dos ejércitos se unen en el Tigris y avanzan sobre Nínive. La ciudad es rodeada. El asedio dura tres meses. Para expugnar las defensas se emplean todos los recursos disponibles: se desvía el curso del río Khosr, se ataca simultáneamente por los dos extremos para dispersar la capacidad de respuesta de los defensores.
Las excavaciones arqueológicas han encontrado evidencias concretas del asalto: las puertas de la ciudad, de siete metros de anchura original, habían sido reducidas a dos metros para facilitar la defensa.
Los restos humanos aparecidos en las puertas muestran heridas de arma blanca en brazos y pecho, la señal inequívoca del combate cuerpo a cuerpo.
El asalto definitivo llegó por el cauce ya seco del río Khosr. La Biblia describe la entrada por ese punto, el asalto al templo de Ishtar, las lamentaciones de las sacerdotisas por el saqueo del santuario, la matanza sin número en la ciudad. El rey asirio Sin-Shar-Ishkun murió en el asalto. Nínive fue arrasada totalmente.

El epílogo
Después de la caída de Nínive pasó un año sin que los asirios consiguieran reorganizarse. Los babilonios aprovecharon ese año para recorrer y devastar sus tierras.
Cuando por fin apareció un nuevo rey, Ashur-uballit II, los restos del ejército y de la nobleza se habían replegado sobre Kalkhu, otra de las antiguas capitales, con el apoyo de Egipto que incluso envió tropas.
El nombre que adoptó el nuevo rey es revelador: tomó el nombre del fundador del Imperio, como un gesto desesperado de legitimidad histórica en el peor momento posible.
No sirvió de nada. Medos y babilonios unieron de nuevo sus ejércitos y marcharon sobre Kalkhu. Ashur-uballit II y el ejército egipcio renunciaron a la batalla y se retiraron hacia el Éufrates, abandonando la última ciudad asiria a los atacantes. Kalkhu fue asaltada y destruida.
Los asirios, con su rey, combatieron aún un par de años más junto a los egipcios, como apátridas. Después desaparecen hasta de las crónicas. Asiria y los asirios se han evaporado. Sus tierras fueron repartidas entre Babilonia y Media.
El Imperio más poderoso que el mundo había conocido hasta entonces tardó menos de veinte años en dejar de existir. Sus ciudades fueron tan completamente destruidas que siglos después muchos dudaban de que hubieran existido de verdad.
Nínive, la ciudad ante cuyas murallas el profeta Jonás predicó el arrepentimiento, se convirtió en un montículo de tierra bajo el que dormían los relieves de Asurbanipal y los archivos de su biblioteca.
Los arqueólogos del siglo XIX los encontraron. Llevaban dos mil quinientos años esperando.

Si quieres conocer el auge de Asiria, de la batalla de Qarqar a la biblioteca de Asurbanipal, lo cuento en este otro artículo.
Lecturas recomendadas
Para el mundo que surgió de las cenizas de Asiria, el mundo persa y babilónico que Roma heredaría siglos después a través de sus guerras en oriente, Rubicón de Tom Holland ofrece el mejor contexto narrativo.
Y para entender la maquinaria republicana que eventualmente se enfrentaría a los herederos de ese mundo, SPQR de Mary Beard es imprescindible.


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