La batalla de Filipos: tenían la guerra ganada y aun así lucharon

Macedonia. Otoño del año 42 antes de Cristo. Un hombre se encierra en una tienda vacía con uno de sus libertos. Se cubre la cara con el manto. Y le ofrece el cuello.

Es Cayo Casio Longino. El de los idus de marzo. Ese día cumplía años, y según Plutarco murió con el mismo puñal con el que había herido a César.

Pero lo más absurdo no es eso. Lo más absurdo es que Casio se mató por un malentendido. Y que ese mismo día, en el mar, su bando acababa de ganar la guerra. Él nunca lo supo.

Es la segunda parte del expediente que empezamos con los idus de marzo. Arriba tienes el vídeo; aquí va la historia de la batalla de Filipos, contada solo con lo que dicen las fuentes antiguas. Y una pregunta que no me quito de la cabeza: ¿por qué lucharon, si tenían la guerra ganada sin luchar?

Después de los idus: Bruto y Casio salen de Roma

Los conjurados esperaban que Roma les aclamara, y Roma se les puso en contra (te lo conté en el funeral de Julio César). Bruto y Casio se marchan de la ciudad. Oficialmente no huyen: el Senado les encarga el suministro de grano, «para que no pareciera que habían huido», dice Apiano.

Y entonces aparece el personaje que nadie esperaba. Cayo Octavio. Diecinueve años. Sobrino nieto de César, que en su testamento lo adopta como hijo. Su familia le dice que renuncie a una herencia tan peligrosa. Él hace justo lo contrario: empieza a llamarse César, y los soldados de César lo reciben como al hijo de su general.

En el Senado no lo toman en serio. Circulaba una frase atribuida a Cicerón: hay que alabar al joven, honrarlo y quitarlo de en medio. Seguramente era un rumor. Pero, según Suetonio, Octavio se enteró. Y no lo olvidó.

El Segundo Triunvirato: la isla y las listas

Otoño del 43. En una isla pequeña de un río cerca de Bononia, la actual Bolonia, se reúnen Marco Antonio, Octavio y Lépido.

Lépido cruza primero y registra la isla. Y según Dión Casio, antes de sentarse se registraron unos a otros para comprobar que nadie llevaba un puñal escondido. Normal: después de los idus, en Roma ya nadie se fiaba de una toga.

Salen con un pacto: tres hombres con poder absoluto durante cinco años. No se hacen llamar dictadores, que esa palabra acababa de costarle la vida a César. Son los triunviros. Y se reparten el mundo romano como una herencia. Y otra cosa. Una lista.

Las proscripciones y la muerte de Cicerón

Proscripción: una lista pública de enemigos del Estado. Si tu nombre aparecía, cualquiera podía matarte y cobrar por ello. Apiano copió la tarifa: veinticinco mil dracmas por cabeza al hombre libre; al esclavo, diez mil, la libertad y la ciudadanía. Cayeron unos trescientos senadores y unos dos mil caballeros, según el propio Apiano.

Antonio quería un nombre por encima de todos: Marco Tulio Cicerón, el hombre que llevaba un año destrozándole en el Senado. Octavio, según Plutarco, lo defendió dos días. Al tercero, cedió.

Cicerón intentó escapar por mar, se mareó, volvió a tierra y le alcanzaron en un camino cerca de su villa. Tenía sesenta y tres años. Sacó la cabeza por la cortina de la litera y la ofreció.

Le cortaron la cabeza y las manos que habían escrito los discursos contra Antonio, y las clavaron en la tribuna del Foro. Dión Casio añade que Fulvia, la mujer de Antonio, le atravesó la lengua con las agujas del pelo. Solo lo cuenta él, así que tómalo con pinzas.

Así nació el triunvirato: no con una batalla, con una lista.

Mientras tanto, en Oriente: el dinero, la flota y el mal genio

Bruto y Casio no estuvieron quietos. Tenían todo Oriente, y Oriente era donde estaba el dinero. Reunieron unas diecinueve legiones, más caballería que el enemigo y una flota que dominaba el mar. Bruto llegó a acuñar monedas que presumían del asesinato.

Denario EID MAR acuñado por Bruto: un gorro de liberto entre dos puñales y la leyenda EID MAR
Denario EID MAR acuñado por Bruto hacia el 42 a. C.: dos puñales, el gorro de la libertad y la fecha del crimen. Dominio público.

Por una cara, su retrato. Por la otra, dos puñales y el gorro que se daba a los esclavos liberados. Es como imprimir billetes con el arma del crimen.

Y entonces llega la noche que todos cuentan. Bruto está en su tienda con una lámpara y ve una figura enorme y terrible, de pie, a su lado.

Le pregunta quién es. «Soy tu mal genio, Bruto. Me verás en Filipos». Y Bruto, muy tranquilo: «Te veré».

Grabado de 1802: Bruto, sentado en su tienda a la luz de una lámpara, ve aparecer una figura fantasmal
Edward Scriven según Richard Westall, «Brutus and the Ghost of Caesar» (1802). Dominio público. En las fuentes antiguas no es el fantasma de César, sino un «mal genio».

Ojo: en Plutarco y Apiano no es el fantasma de César, es un mal espíritu. Lo del fantasma de César lo hizo famoso Shakespeare. Pero la cita ya estaba puesta.

La llanura de Filipos: por qué no tenían que luchar

Filipos está en el paso principal entre Europa y Asia. Bruto y Casio acampan en dos colinas unidas por un muro, con un pantano al sur que llega hasta el mar. Y en el mar, sus barcos.

Antonio acampa abajo, en el llano, con pozos recién cavados y la comida a días de distancia. Octavio llega diez días después, enfermo, en litera.

La estrategia de los republicanos es sencilla: no luchar. Sus flotas cierran el mar, y con las lluvias de otoño las tiendas de Antonio se llenan de barro. Solo había que esperar. El hambre haría el resto.

Antonio lo sabe. Así que cada día forma a su ejército como si fuera a atacar, mientras sus hombres, a escondidas, construyen un camino dentro del pantano con cañas, tierra y piedras para rodear a Casio.

Casio lo descubre y levanta otro muro hasta el mar. Antonio lo ataca a mediodía. Y así, casi sin querer, empieza la batalla que nadie había planeado.

La primera batalla de Filipos

Mapa de la primera batalla de Filipos con los campamentos de Bruto y Casio en las colinas, el pantano al sur y los ejércitos de Antonio y Octavio en la llanura
Mapa de la primera batalla de Filipos. Marsyas, Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0.

Los soldados de Bruto ven a Antonio cruzar por delante y cargan solos, sin esperar órdenes. Y les sale bien: arrollan a las legiones de Octavio, llegan a su campamento y encuentran su litera. Vacía.

La atraviesan a lanzazos, y durante horas muchos creyeron que Octavio había muerto.

¿Dónde estaba? Aquí las fuentes son un festival. Él mismo escribió que un sueño le avisó. Otros dicen que el sueño lo tuvo su médico. Y según Plinio, que lo saca de Agripa y Mecenas, sus mejores amigos, el futuro emperador pasó tres días escondido en un pantano.

Elige tu versión. Yo tengo la mía.

En el otro lado, Antonio hace lo contrario: toma el campamento de Casio. Cada bando gana por un lado y pierde por el otro. Y con tanto polvo, nadie sabe qué está pasando.

La muerte de Casio: un malentendido

Casio se retira a una colina y ve su campamento perdido. Era corto de vista. A lo lejos ve venir unos jinetes; los manda Bruto para saber cómo está, pero Casio no lo sabe.

Envía a su amigo Titinio a ver quiénes son. Los jinetes le reconocen, le rodean, le abrazan, gritan de alegría.

Y desde la colina, Casio ve a su amigo rodeado de jinetes y gritos, y cree que lo han capturado. Se mete en una tienda vacía con su liberto Píndaro, se cubre la cara y le ofrece el cuello. Era su cumpleaños.

Titinio vuelve con la buena noticia, encuentra el cuerpo y se quita la vida allí mismo. Píndaro desaparece para siempre. Y cuando Bruto ve el cadáver, llora sobre él y le llama «el último de los romanos».

La noticia que nunca llegó

Ese mismo día, en el Adriático, un convoy llevaba refuerzos a Antonio y Octavio: dos legiones y caballería.

La flota republicana les salió al paso con ciento treinta barcos de guerra, el viento se paró, y los transportes ardieron. Según Apiano, hubo supervivientes que aguantaron cinco días en los restos lamiendo la brea de los barcos.

Bruto acababa de ganar la guerra.

Solo tenía que quedarse quieto. Pero aquí las fuentes no se ponen de acuerdo: según Plutarco, no se enteró hasta veinte días después; según Apiano, lo sabía. Y si lo sabía, lo que hizo después es todavía más difícil de entender.

La segunda batalla de Filipos y la muerte de Bruto

Bruto quería esperar. Su ejército no. Muchos de sus soldados habían servido con César, cada día alguno desertaba y sus oficiales le presionaban. Y Bruto cedió. Apiano le atribuye una frase terrible: «Voy a hacer la guerra como Pompeyo Magno. No mandando, sino mandado».

Unas semanas después, los dos ejércitos se ponen frente a frente. Según Apiano, dos águilas se pelean en el aire entre las líneas, y la que venía del lado de Bruto huye. Luego, cuerpo a cuerpo. La línea de Bruto aguanta, se dobla y se rompe.

Esa noche, refugiado con unos pocos amigos, le dicen que hay que huir. «Sí, hay que huir. Pero con las manos, no con los pies». Se aparta con Estratón, un amigo de sus años de estudiante, y se lanza sobre su espada.

Antonio cubre el cuerpo con su propio manto de púrpura. Octavio no fue tan generoso: según Suetonio, mandó la cabeza de Bruto a Roma para arrojarla a los pies de la estatua de César.

Según Dión, el barco se metió en una tormenta y la cabeza acabó en el mar.

Qué cambió después de Filipos

Casi ninguno de los conjurados sobrevivió más de tres años a César, y ninguno murió de muerte natural. Los vencedores se repartieron el mundo: Antonio, Oriente; Octavio, Italia.

Años después, ya como Augusto, Octavio lo resumió a su manera: a los que mataron a mi padre, los vencí dos veces en batalla. Ni una palabra de Antonio. Ni de la litera vacía. Ni del pantano.

Sobre el papel, la República siguió existiendo unos años más. Pero el último ejército que luchó por ella murió en Filipos.

Y la frase de Bruto volvió: sesenta y seis años después, en tiempos de Tiberio, el historiador Cremucio Cordo fue llevado a juicio, según Tácito, por haber escrito que Casio era «el último de los romanos». En la Roma de los emperadores ni siquiera se podía echar de menos la República.

Preguntas frecuentes sobre la batalla de Filipos

¿Cuándo y dónde fue la batalla de Filipos?

En el otoño del 42 a. C., junto a la ciudad de Filipos, en Macedonia, en el paso entre Europa y Asia. Fueron dos batallas separadas por unas semanas.

¿Quién ganó la batalla de Filipos?

Los triunviros Marco Antonio y Octavio. En la primera batalla hubo un empate extraño, y en la segunda el ejército de Bruto fue derrotado.

¿Cómo murieron Bruto y Casio?

Los dos se quitaron la vida. Casio, tras la primera batalla, creyendo por error que todo estaba perdido; Bruto, tras la segunda, lanzándose sobre su espada.

¿Quién dijo «el último de los romanos»?

Bruto, llorando sobre el cuerpo de Casio, según Plutarco y Apiano. Décadas después, el historiador Cremucio Cordo fue juzgado por repetirlo.

¿Se le apareció a Bruto el fantasma de César?

Las fuentes antiguas hablan de un «mal genio» que le anunció «Me verás en Filipos». La idea de que era el fantasma de César viene de Shakespeare.

¿El error fue de Casio o de Bruto?

Tenían el mar, el dinero y el tiempo. ¿Por qué lucharon? ¿El gran error de Filipos fue de Casio, por precipitarse, o de Bruto, por ceder? Déjamelo en los comentarios del vídeo, que los leo todos.

Y en el próximo expediente, los dos vencedores de Filipos acaban enfrentados. Uno de ellos, con una reina de Egipto a su lado. Accio, año 31 antes de Cristo.

HISTOCRIME: ¿Quién mató a Julio César?, de Enrique Ruiz. 23 casos de deducción histórica. La historia dejó evidencias. Ahora te toca a ti.

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