La batalla de Accio: el juicio a Marco Antonio y Cleopatra

Grecia. Dos de septiembre del año 31 antes de Cristo. En mitad de una batalla en el mar, sesenta barcos izan las velas. Y se van.

Los manda una reina: Cleopatra. Y el general romano que lucha a su lado deja a su propia flota en plena batalla y la sigue. Es Marco Antonio.

Durante tres días se queda sentado en la proa, con la cabeza entre las manos. Sin hablar con nadie. Ni siquiera con ella. Y mientras, en la costa de Grecia, diecinueve legiones y doce mil jinetes siguen esperándole. Aguantarán siete días sin rendirse, por si vuelve.

Es el último expediente de la trilogía que empezó con los idus de marzo y siguió con la batalla de Filipos. Y esta vez lo planteo como un juicio. A Antonio lo juzgó su enemigo: Octavio escribió la acusación y escribió la historia. Antonio nunca pudo defenderse. Hoy reabrimos el caso, solo con lo que dicen las fuentes antiguas, y al final el veredicto lo das tú.

Dos hombres para un mundo

Tras Filipos, los vencedores se repartieron el mundo romano: Antonio, el Oriente; Octavio, Italia y el Occidente. ¿Y Lépido, el tercer triunviro? Octavio le quitó el ejército y, según Suetonio, lo desterró para siempre.

Pero un mundo con dos dueños es un mundo en el que sobra uno. Y para quitar de en medio al otro, a cada uno le conviene que el otro sea el malo. Antonio se lo puso fácil.

Prueba número uno: las Donaciones de Alejandría

En Alejandría, sobre un estrado de plata, Antonio y Cleopatra se sientan en dos tronos de oro; ella, vestida de diosa Isis. A los hijos que ha tenido con la reina los proclama «reyes de reyes», y les reparte Armenia, Media, Fenicia, Siria, Cilicia… y Partia, que ni siquiera era suya todavía (y bien que lo intentó, como te conté en la invasión pártica de Marco Antonio). A Roma la noticia llega así: un general romano reparte el Oriente entre los hijos de una reina extranjera.

La acusación: el testamento de Marco Antonio

Octavio necesitaba algo más que rumores. Se lo trajeron dos hombres de Antonio, Ticio y Planco, que acababan de cambiarse de bando: habían sido testigos del testamento de Antonio y sabían lo que decía.

El testamento estaba guardado con las Vestales, donde nadie podía tocarlo. Octavio lo pidió y las Vestales le contestaron, más o menos: si lo quieres, ven tú a cogerlo. Y fue. Lo leyó a solas, marcó los pasajes que le venían bien y los leyó en voz alta en el Senado y ante el pueblo.

Según Plutarco, Antonio pedía que, aunque muriera en Roma, su cuerpo se enviara a Cleopatra. Según Dión Casio, que lo enterraran junto a ella en Alejandría, y que Cesarión era el hijo verdadero de César. Detrás llegaron más cargos: que le frotaba los pies en los banquetes, que leía cartas de amor en tablillas de ónice mientras juzgaba a reyes…

Protesto. Lo dice el propio Plutarco: la mayoría de esas acusaciones se tenían por falsas. Pero ya daba igual. Como otra guerra entre romanos no la quería nadie, Roma declaró la guerra no a Antonio, sino a Cleopatra. Antonio, decía Octavio, estaba drogado; Roma luchaba contra un eunuco, las damas de la reina y su peluquera.

El cerco del golfo de Ambracia

Año 31. En la entrada del golfo de Ambracia, en Grecia, hay un paso de mar estrecho junto a un cabo llamado Accio. Dentro del golfo, la flota de Antonio. Enfrente, Octavio. Sobre el papel ganaba Antonio: quinientos barcos de guerra contra doscientos cincuenta, cien mil soldados contra ochenta mil, según Plutarco. Pero cada autor da un número distinto: Floro le da a Octavio más de cuatrocientos barcos; Orosio, doscientos treinta.

El problema de Antonio no eran los barcos, sino quién los remaba. Le faltaban hombres, y sus capitanes recogían por Grecia a viajeros, arrieros y segadores. Mientras, Agripa, el almirante de Octavio, iba cerrando el mar: tomó Metone, capturó el grano que llegaba de Egipto, tomó Léucade y Patras. Y un ejército al que no le llega comida se deshace solo.

Empezaron las deserciones. Domicio Enobarbo se pasó a Octavio en una barca pequeña, con fiebre, y Antonio le mandó detrás todo su equipaje, sus amigos y sus criados. Domicio murió a los pocos días, como arrepentido, dice Plutarco. Otro, Delio, se pasó porque temía a Cleopatra: se había quejado en una cena de que a ellos les servían vino agrio mientras en Roma se bebía Falerno.

La noche antes de la batalla: el tesoro y las velas

Antonio reunió a su consejo. Cleopatra propuso dejar guarniciones en los puntos fuertes y volver a Egipto con el resto. Y lo que pasó esa noche es, para mí, la prueba más importante de este juicio.

Prueba número tres: el tesoro. Antonio quemó los barcos que no podía tripular y, de noche y en secreto, cargó a bordo todo lo de más valor.

Prueba número cuatro: las velas. Antes de una batalla lo normal era dejarlas en tierra y luchar a remo. Antonio obligó a sus capitanes a llevarlas. Para que no se les escapara ningún enemigo, dijo.

La acusación lo tiene claro: Antonio ya pensaba en huir. La defensa también: un general prudente siempre se guarda una salida. Esa noche, según Plutarco, un centurión lleno de cicatrices le paró: ¿por qué desconfías de estas heridas y de esta espada, y te fías de unos maderos miserables? Que luchen en el mar los egipcios y los fenicios. A nosotros, danos tierra. Antonio no contestó.

La batalla de Accio, 2 de septiembre del 31 a. C.

Antes de amanecer, según Suetonio, Octavio se cruzó con un hombre que llevaba un burro. Se llamaba Eutico, «el Afortunado». ¿Y el burro? Nicón, «Victoria». Octavio se lo tomó como un presagio y después mandó hacer estatuas de bronce del hombre y del burro.

Llevaban cuatro días sin poder luchar por el viento. El quinto se luchó. Y no se pareció a lo que imaginas cuando piensas en una batalla naval. Los barcos de Antonio eran enormes, con torres; Floro dice que parecían castillos, ciudades flotantes. Tan pesados que no podían embestir. Los de Octavio, pequeños y rápidos, los rodeaban de tres en tres, como quien asalta una muralla. Octavio no quería usar fuego, dice Dión, porque quería el tesoro de Antonio intacto. Pero al final lo usó.

La batalla de Accio pintada por Laureys a Castro: galeras en combate entre humo y llamas, con la nave dorada de Cleopatra alejándose
Laureys a Castro, «La batalla de Accio» (1672). National Maritime Museum, Greenwich. Dominio público.

Cleopatra se va, y Antonio la sigue

Con la batalla todavía sin decidir, sesenta barcos izaron las velas, salieron por el centro de la línea y se fueron. Era Cleopatra. Y Antonio dejó a su flota luchando, saltó a una nave rápida y la siguió.

Su flota siguió combatiendo sin él hasta la tarde. Y en tierra, su ejército le esperó. Un día. Dos. Siete. Hasta que su comandante, Canidio, huyó de noche, y se rindieron.

La defensa: ¿traición, pánico o plan?

Los testigos no ayudan mucho a Antonio. Dión Casio dice que Cleopatra huyó por pánico, por ser mujer y por ser egipcia. Veleyo Patérculo, que Antonio prefirió acompañar a la reina que huía antes que a sus soldados que luchaban.

Protesto. Fíjate en quién habla: Veleyo escribía bajo Tiberio, el hijo adoptivo de Augusto; Dión y Plutarco, bajo emperadores. Ninguno es neutral. Y fíjate en los números: Plutarco dice que en Accio no murieron más de cinco mil, y cuenta de dónde lo saca: así lo escribió el propio César. El que ganó. Orosio, siglos después, habla de doce mil.

Las pruebas tres y cuatro, el tesoro a bordo y las velas, encajan con otra explicación, la que defienden hoy muchos historiadores: no fue una huida, sino una salida planeada para romper el cerco con lo que se pudiera salvar y volver a Egipto, como había propuesto Cleopatra. Si era así, salió a medias: escaparon ellos, pero la flota y el ejército se quedaron atrás. Lo que no sabremos nunca es qué se dijeron la noche anterior.

Alejandría: la muerte de Marco Antonio y Cleopatra

A este juicio le falta la sentencia. Un año después, en el 30 a. C., Octavio llegó a Alejandría. El club de fiestas de Antonio y Cleopatra, el de los «Vividores Inimitables», se había rebautizado como el de los «Compañeros de Muerte». Y Cleopatra, según Plutarco, probaba venenos en condenados a muerte, buscando uno que no doliera.

Cleopatra recostada en un diván observa con frialdad cómo unos condenados agonizan tras probar sus venenos
Alexandre Cabanel, «Cleopatra prueba venenos en condenados a muerte» (1887). Dominio público.

La noche antes del final se oyó en la ciudad una música, como una procesión que se alejaba. Los alejandrinos lo entendieron así: Dioniso, el dios de Antonio, le estaba abandonando. Por la mañana su flota salió al encuentro de Octavio, le saludó con los remos y se pasó al otro lado.

Cleopatra se encerró en su mausoleo e hizo correr que había muerto. Antonio se lo creyó. Pidió a su esclavo Eros que lo matara, y Eros se clavó la espada a sí mismo. «Bien hecho, Eros. Me enseñas lo que tengo que hacer». Antonio se hirió en el vientre, pero no murió enseguida: lo subieron al mausoleo por una ventana, con cuerdas que, según Dión, eran de los albañiles, porque el edificio no estaba terminado. Murió en brazos de Cleopatra. Según Plutarco dijo que no le avergonzaba su derrota: un romano, vencido por un romano.

Octavio quería a Cleopatra viva para su desfile de triunfo. No lo consiguió. A los guardias les pasó por delante una cesta de higos. Cuando entraron, Cleopatra estaba muerta y su dama Carmión apenas se tenía en pie. ¿Te parece bonito, Carmión?, le gritaron. Muy bonito, contestó. Digno de la descendiente de tantos reyes. ¿Fue un áspid? Plutarco y Dión coinciden: la verdad, nadie la sabe.

A Cesarión, el hijo de César y Cleopatra, lo mataron poco después. No es bueno, le dijeron a Octavio, que haya demasiados Césares.

El veredicto: el fin de la República romana

En Alejandría, Octavio pidió ver el cuerpo de Alejandro Magno. Le puso una corona de oro y, al tocarlo, dice Dión, le rompió un trozo de la nariz.

Denario de Octavio con la leyenda AEGYPTO CAPTA y un cocodrilo en el reverso
Denario de Octavio con la leyenda AEGYPTO CAPTA, «Egipto conquistado». Dominio público.

Tres años después, Octavio anunció que devolvía la república al Senado y al pueblo. Lo escribió él mismo. Y el Senado le dio un nombre nuevo: él quería Rómulo, pero sonaba demasiado a rey. Se quedó con Augusto.

En los idus mataron a un hombre para salvar la República. En Filipos murió el último ejército que luchó por ella. Y en Accio ya no quedaba nadie con quien luchar.

Preguntas frecuentes sobre la batalla de Accio

¿Cuándo y dónde fue la batalla de Accio?

El 2 de septiembre del 31 a. C., en el mar, a la entrada del golfo de Ambracia, junto al cabo de Accio, en la costa occidental de Grecia.

¿Quién ganó la batalla de Accio?

Octavio, con su almirante Agripa al mando de la flota. Antonio y Cleopatra escaparon a Egipto, pero perdieron su flota y su ejército de tierra.

¿Por qué huyó Cleopatra en Accio?

Las fuentes antiguas hablan de pánico o de traición, pero escribían bajo emperadores. Muchos historiadores actuales creen que fue una salida planeada para romper el cerco y volver a Egipto con el tesoro.

¿Cómo murieron Marco Antonio y Cleopatra?

Antonio se hirió con su espada al creer que Cleopatra había muerto y murió en sus brazos. Cleopatra murió poco después en su mausoleo; la versión del áspid es la más famosa, pero las fuentes reconocen que nadie sabe cómo fue.

¿Por qué Accio marca el fin de la República?

Porque dejó a Octavio sin rivales. Desde entonces gobernó solo y, en el 27 a. C., recibió el nombre de Augusto: fue el primer emperador de Roma.

Ahora el veredicto es tuyo

Lo que sabemos: Cleopatra se fue y Antonio la siguió. Lo que se discute: si estaba pactado. Lo que no sabremos nunca: qué se dijeron esa noche. ¿Traición, pánico o un plan que salió a medias? Déjamelo en los comentarios del vídeo, que los leo todos.

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